LA EMPLEADA RECOGÍA SOBRAS DEL RESTAURANTE — EL MILLONARIO LA SIGUIÓ Y DESCUBRIÓ ALGO IMPACTANTE…

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Señor, se lo advierto, si aterrizamos en los laboratorios nos van a arrestar antes de que podamos tocar las bóvedas. No tenemos autoridad. No necesitamos autoridad, Vargas, gruñó Héctor caminando hacia el helicóptero bajo la tormenta de viento con la mirada de un hombre que ya no tenía absolutamente nada que perder. Necesitamos potencia de fuego. Dile a tu equipo táctico que cargue las armas. Vamos a asaltar nuestra propia empresa. El helicóptero bimotor cortó el cielo nocturno de Monterrey como una cuchilla negra.

Abajo, las luces de la ciudad se difuminaban en un mar de neón y sombras, pero Héctor Villalobos no miraba por la ventanilla. Sus ojos estaban clavados en el cronógrafo de su reloj de pulsera. 9 minutos. Ese era el tiempo exacto que le quedaba al cerebro de Dante antes de que la falta de oxígeno causara un daño irreversible, o, peor aún, la muerte clínica. Nueve malditos minutos. Más rápido”, rugió Héctor por el auricular de comunicación, su voz compitiendo con el ensordecedor estruendo de las turbinas.

“Exprime los motores, no me importa si los quemas.” “Estamos al límite, señor”, respondió el piloto sudando frío mientras maniobraba la pesada aeronave esquivando rascacielos. Visualizo el parque industrial, pero las luces del elipuerto de los laboratorios centrales están en rojo. Han activado el protocolo de exclusión aérea. A través del parabrisas de la cabina, Héctor vio el imponente complejo de cristal y acero negro que albergaba el corazón de su imperio farmacéutico. Las alarmas estroboscópicas parpadeaban furiosamente en la azotea.

Y peor aún, bajo las luces de emergencia, un escuadrón táctico de seguridad privada estaba desplegado en formación de combate alrededor de la pista de aterrizaje. Llevaban chalecos antibalas, cascos balísticos y rifles de asalto apuntando directamente hacia el cielo. Sus propios hombres, comprados y controlados ahora por la orden federal de Fabiola. Aterriza”, ordenó Héctor desabrochándose el cinturón de seguridad. “Señor, ¿tienen autorización para abrir fuego si tocamos la pista?”, gritó el piloto aterrado. Vargas, sentado frente a Héctor en la cabina trasera, amartilló su subfusil compacto con un chasquido metálico y letal.

Sus cuatro hombres de élite hicieron lo mismo en perfecta sincronía. Aterriza esta cosa ahora mismo o te pego un tiro yo mismo,”, sentenció Vargas con una frialdad espeluznante. El piloto tragó saliva, hizo un giro brusco y dejó caer el helicóptero en picada. Los patines de aterrizaje golpearon el concreto de la azotea con una violencia que sacudió toda la estructura. Antes de que las aspas dejaran de girar, Héctor pateó la puerta corrediza y saltó al techo, envuelto en el vendaval ensordecedor de los rotores.

“Alto ahí, señor Villalobos!”, gritó el capitán del escuadrón de Tierra a través de un megáfono a 20 m de distancia. Una docena de punteros láser rojos se clavaron instantáneamente en el pecho de Héctor y en la cabeza de Vargas. Tenemos una orden de restricción federal ejecutiva. El complejo está bajo confinamiento. Baje de la plataforma y ponga las manos en la cabeza. Héctor no se detuvo. No levantó las manos, ni siquiera parpadeó ante los 12 rifles que le apuntaban al corazón.

Caminó directamente hacia la línea de fuego con pasos pesados y decididos como un dios de la guerra bajando al inframundo. Vargas y su equipo avanzaron flanqueándolo, formando un escudo humano asimétrico con las armas en alto, listos para desatar una masacre en la azotea de su propio corporativo. “Dispara si tienes el valor, Ramírez”, rugió Héctor, reconociendo al capitán de los guardias por su apellido. Dispara y te juro que los mato a todos antes de que mi cuerpo toque el suelo.

Mi hijo se está muriendo en un hospital público y vengo por su medicina. Quítate de mi maldito camino. El capitán Ramírez dudó. El dedo le tembló en el gatillo. Él trabajaba para la empresa, sí, pero Héctor Villalobos era la empresa. La furia demoníaca en los ojos del magnate no era la de un ejecutivo desesperado, era la de un padre dispuesto a bañar el techo en sangre. Ramírez bajó el cañón de su rifle una pulgada. Fue suficiente. Abran paso!

Gritó el capitán a sus hombres haciéndose a un lado. Los mercenarios bajaron las armas separándose como el Mar Rojo. Héctor pasó entre ellos sin mirar atrás, seguido de cerca por Vargas, pateando la puerta de acceso al cubo de los ascensores. Nivel3. Bóveda de refrigeración de alta seguridad, ordenó Héctor al entrar al elevador de cristal. Vargas deslizó su tarjeta de acceso maestro. El elevador descendió en caída libre controlada, tragándose los pisos en segundos. El silencio en la cabina era agónico.

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