LA EMPLEADA RECOGÍA SOBRAS DEL RESTAURANTE — EL MILLONARIO LA SIGUIÓ Y DESCUBRIÓ ALGO IMPACTANTE…

LA EMPLEADA RECOGÍA SOBRAS DEL RESTAURANTE — EL MILLONARIO LA SIGUIÓ Y DESCUBRIÓ ALGO IMPACTANTE…

“Soy pragmática”, respondió Fabiola cruzándose de brazos. Y si crees que este teatrito va a cambiar algo, estás muy equivocado. El niño sigue escondido en su pozo de miseria. Ella sigue siendo una criminal inhabilitada y yo sigo teniendo el 49% de los votos en la junta directiva. Si intentas divorciarte, si intentas reconocer a esa basura como tu hijo, hundiré las acciones de la empresa mañana mismo. Te dejaré en la calle. Héctor no gritó, no la insultó. simplemente metió las manos en los bolsillos de su pantalón arruinado.

“Ya es tarde para eso, Fabiola.” Fabiola frunció el ceño desconcertada por primera vez. “¿De qué hablas?” Héctor sacó su teléfono y le mostró la pantalla. Había un correo electrónico enviado a toda la junta directiva, a los bancos internacionales y a los medios financieros del país. Mientras yo venía en camino, Vargas ejecutó la Orden Omega”, dijo Héctor disfrutando como el color desaparecía del rostro de su esposa. Congelé las cuentas corporativas, transferí la liquidez de tus fideicomisos a paraísos fiscales bajo mi control exclusivo.

Y acabo de filtrar a la prensa los documentos de tus sobornos al director del hospital San José. Los ojos de Fabiola se abrieron desmesuradamente. El pánico por fin rompió su máscara de porcelana. Estás loco. Eso es fraude. Vas a destruir la compañía. Te vas a destruir a ti mismo. Yo construí esta compañía y yo la voy a quemar hasta las cenizas antes de dejarte un solo centavo. Sentenció Héctor dando un paso hacia ella, obligándola a retroceder. Ya no tienes dinero, Fabiola.

Ya no tienes poder. Tus tarjetas están bloqueadas. Tus guardias de seguridad ahora trabajan solo para mí. Héctor, no puedes hacer esto. Mi padre te va a destrozar en los tribunales. Que lo intente. Tienes 10 minutos para empacar tus vestidos de seda y largarte de mi casa. Si sigues aquí cuando el reloj marque la hora, dejaré que Vargas te saque arrastras por el jardín frontal frente a los fotógrafos que ya están acampando afuera. Héctor le dio la espalda, dejándola temblando, respirando con dificultad, atrapada en la ruina instantánea que acababa de caer sobre ella.

Caminó hacia las escaleras principales. La guerra acababa de empezar, pero al menos había cortado la cabeza de la serpiente. Ahora solo importaba una cosa. Dante. El despacho privado de Héctor en la tercera planta de la mansión estaba a oscuras. La única luz provenía de los monitores de su escritorio, donde las gráficas de las acciones de farmacéuticas Mendoza, Villalobos comenzaban a caer en picada tras la filtración del escándalo. Héctor se quitó el saco manchado de barro y lo tiró al suelo.

Se desabrochó el cuello de la camisa, sintiendo que por primera vez en años podía respirar. Había detonado una bomba nuclear en su propia vida, pero no sentía arrepentimiento. Sentía urgencia. presionó el intercomunicador de su escritorio. “Vargas, en línea, señor”, respondió la voz metálica del jefe de seguridad al instante. “Fabiola se fue. Abandonó la propiedad hace 2 minutos en un taxi, señor. Los chóeres tenían órdenes de no llevarla. Está histérica. Los abogados de su padre ya están inundando nuestras líneas, amenazando con demandas penales y bloqueos cautelares.

Ignóralos. No me importan las demandas. Quiero que localices al mejor equipo de neumología pediátrica de Monterrey. Cómprales el tiempo. Diles que les pagaré el triple de sus honorarios anuales. Prepara el helicóptero en el techo de inmediato. Vamos a ir al cerro. Voy a sacar a Nayeli y a Dante de esa casa de lámina esta misma noche. Quiera ella o no, señor. El protocolo de extracción. El sonido estridente del teléfono celular personal de Héctor interrumpió a Vargas. Héctor miró la pantalla.

Era un número desconocido. Su corazón dio un vuelco antinatural. Un escalofrío de puro terror le recorrió la nuca, contestó llevando el aparato a su oreja con manos temblorosas. Bueno, al otro lado de la línea no hubo un saludo, solo el sonido caótico de alarmas médicas, llantos lejanos y voces gritando en un eco esterilizado. Y luego la voz de ella rota, desgarrada. Totalmente destruida. Héctor, soylozó Nayeli. Su voz era un hilo de desesperación pura. Héctor se puso de pie de un salto, tirando la silla de cuero hacia atrás con violencia.

Nayeli, ¿qué pasa? ¿Dónde estás? Ayúdame, por favor. Te lo ruego, Héctor, ayúdame”, suplicaba Nayeli, arrastrando las palabras entre lágrimas incontrolables. El orgullo que había mantenido intacto en el callejón había desaparecido por completo. “Ya no respira, Dante, ya no respira.” El mundo entero se detuvo para Héctor Villalobos. Las paredes de su lujoso despacho parecieron cerrarse sobre él. “¿Qué quieres decir con que no respira? Habla claro, Nayeli. ¿Dónde demonios estás? En el hospital general público, el de la zona centro, jadeaban a Yelli apenas pudiendo formar las oraciones.

Post navigation

Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

back to top