¿Cuál es la agenda, señor?, preguntó Vargas, captando la tensión letal en la voz de su jefe. Héctor miró el extremo del callejón por donde Nayeli había desaparecido. Guerra total. Las puertas de hierro forjado de la mansión Villalobo se abrieron en silencio. La camioneta blindada entró a toda velocidad, triturando la grava blanca del camino principal y frenando a centímetros de la fuente de mármol italiano. Héctor bajó del vehículo antes de que el motor se apagara por completo. Ignoró a los guardias de seguridad armados que lo miraban con desconcierto.
Su traje, una obra maestra de la sastrería europea, seguía manchado con el barro de la favela y el polvo del callejón. Sus zapatos de cuero dejaban huellas sucias sobre el impecable suelo de granito del vestíbulo. Caminó directamente hacia la sala principal. Fabiola Mendoza estaba sentada en el sofá de terciopelo blanco. Llevaba un vestido de seda esmeralda, sosteniendo una copa de champán cristalino mientras revisaba un catálogo de subastas de arte en su tableta. La luz de los candelabros de cristal iluminaba su rostro perfectamente esculpido, frío e inalterable.
Al escuchar los pasos pesados, levantó la vista. Su expresión de desdén fue instantánea. “Héctor, por el amor de Dios, estás arruinando la alfombra persa”, dijo Fabiola con una voz arrastrada y monótona, sin siquiera soltar su copa. “¿Dónde te metiste? Apestas a calle. Dile a las sirvientas que limpien eso de inmediato. Tenemos la cena con el embajador en dos horas.” Héctor no se detuvo. Caminó hasta la mesa de centro de cristal templado y arrojó la gruesa carpeta negra que le había dado su investigador.
El golpe hizo saltar la copa de Fabiola derramando el champán sobre la mesa. “La cena se cancela”, dijo Héctor. Su voz era un susurro gutural, carente de cualquier emoción humana. Era la voz de un verdugo. Fabiola miró la carpeta, luego a Héctor. Suspiró molesta y dejó la tableta a un lado. ¿Qué es este drama, Héctor? Si es sobre la fusión con los alemanes, ya hablé con mi padre y acordamos que la presidencia será compartida. No vas a hacer un berrinche a estas horas.
Héctor se inclinó sobre la mesa, apoyando ambos puños manchados de lodo sobre el cristal, acercando su rostro al de ella. Abre la carpeta a Fabiola. El tono de su esposo era diferente. No era estrés corporativo. Había una oscuridad letal en sus ojos que Fabiola jamás había visto. Con un movimiento elegante y lento, ella abrió la tapa de cartón negro. La fotografía del acta de nacimiento de Dante estaba justo encima y junto a ella las copias de las transferencias bancarias desde su fide y comiso personal hacia el director del Hospital San José.
El silencio en la sala monumental fue absoluto. El sonido del agua cayendo en la fuente exterior parecía ensordecedor. Héctor observó cada microexpresión en el rostro de su esposa. Esperaba pánico, esperaba negación, esperaba lágrimas falsas. Pero Fabiola Mendoza solo cerró la carpeta con calma. Tomó una servilleta de lino para limpiar el champán derramado en sus dedos y lo miró directamente a los ojos. Vaya, te tomó 5 años descubrirlo. Pensé que tu perro faldero de seguridad era más eficiente.
El cinismo de sus palabras fue como un disparo a quemarropa. Héctor apretó la mandíbula hasta que sus dientes rechinaron. ¿Lo admites?, gruñó Héctor sintiendo que la sangre le hervía en las cienes. Admites que destruiste la vida de una mujer inocente. ¿Ames que le pusiste una pistola en el vientre a una mujer embarazada de mi hijo? Fabiola se puso de pie alándose el vestido de seda. No retrocedió. Tu hijo soltó una carcajada seca carente de humor. Por favor, Héctor, ese bastardo no es nada.
Es el error de un hombre débil que no sabía dónde estaba parado. Cuando mi familia invirtió miles de millones para salvar tu patética empresa farmacéutica de la quiebra. No lo hicimos para que terminaras jugando a la casita con una enfermera muerta de hambre. Era mi sangre. rugió Héctor golpeando la mesa de cristal con tanta fuerza que una grieta apareció en el centro. Fabiola no parpadeó. Era un parásito escupió ella con los ojos brillando de superioridad. Un cabo suelto, una amenaza directa a las acciones de la compañía.
Si esa mujer abría la boca, el escándalo público habría hundido la fusión antes de empezar. Yo hice lo que tú no tuviste el valor de hacer. Limpié tu desastre. Protegí nuestro imperio. Deberías estar de rodillas agradeciéndome. Héctor la miró y por primera vez en 5 años de matrimonio, vio el verdadero monstruo con el que compartía la cama. Un monstruo de hielo y avaricia. “Estás enferma”, susurró Héctor enderezándose lentamente. La furia explosiva fue reemplazada por una calma sepulcral.
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