La construcción de la tumba avanzaba con una lentitud exasperante, marcada por el cronómetro irregular de los latidos de María, que retumbaban en sus cienes como martillazos de fragua. El muro ya había superado la altura de su pecho y rozaba la línea de sus hombros, obligándola a levantar los brazos cada vez más, un esfuerzo que enviaba punzadas de fuego líquido a través de sus músculos dorsales. La mezcla de cemento, agua y sangre seca se había incrustado bajo sus uñas y en los poros de su piel, creando una segunda dermis grisácea y áspera que la hacía sentir como una gárgola cobrando vida en medio de la noche.
La realidad del pasillo se había distorsionado. Sombras proyectadas por la lámpara de aceite parecían estirarse y contraerse, formando figuras grotescas sobre el papel pintado de las paredes, espectadores mudos de una ceremonia prohibida. María trabajaba en un estado de sonambulismo lúcido, donde cada movimiento era automático, dictado no por su cerebro, sino por una voluntad ancestral de supervivencia que había secuestrado su cuerpo. Sin embargo, la barrera física que levantaba no lograba silenciar del todo el horror que emanaba del otro lado.
La madera de la puerta, aunque cubierta en su mayor parte por ladrillos y mortero, seguía transmitiendo vibraciones, pequeños temblores que le indicaban que la bestia en el interior no se había rendido. De repente, un sonido agudo y chirriante cortó la atmósfera densa diferente a los golpes romos de antes. Era el sonido de metal mordiendo madera. María se detuvo con la paleta en alto y observó con horror como en la pequeña sección de la puerta, que aún quedaba visible por encima de la hilada de ladrillos más reciente, una punta de acero plateado comenzaba a brotar.
Era la broca de un berbquí quirúrgico, un taladro manual diseñado para perforar hueso que ahora giraba frenéticamente atravesando el roble. Don Arturo, en un alarde de ingenio desesperado, estaba intentando crear agujeros de ventilación, o, peor aún, debilitar la estructura de la puerta para derribarla. La punta de metal giraba y giraba escupiendo virutas de madera hacia el pasillo, un pequeño gusano de acero buscando la libertad. María sintió un pánico irracional al ver ese objeto. Era una extensión física de la voluntad del doctor, una prueba de que seguía siendo peligroso, de que su mente seguía calculando y operando incluso al borde de la asfixia.
Si lograba hacer suficientes agujeros, podría respirar. Si podía respirar, podría esperar. Y si esperaba, alguien eventualmente bajaría. Sin pensarlo, impulsada por un terror ciego, María cargó una cantidad excesiva de mortero en su paleta y la lanzó con violencia contra la broca que asomaba. El cemento húmedo impactó contra el metal y la madera, cubriendo el agujero incipiente, pero el taladro seguía girando, escupiendo la mezcla. “¡No!”, gritó María, su voz quebrada por el polvo, agarró un ladrillo, uno de los más pesados e irregulares, y lo estampó contra la puerta, justo sobre la broca, incrustándolo en el mortero fresco con una fuerza salvaje.
Al otro lado se escuchó un grito de frustración y el sonido de la herramienta cayendo al suelo. El taladro se detuvo. María jadeando, sostuvo el ladrillo con ambas manos, presionando con todo su peso, sintiendo como la mezcla resumaba caliente entre sus dedos. Mantuvo la presión hasta que sus brazos temblaron incontrolablemente, asegurándose de que ese orificio, ese pequeño ojo de aguja hacia la salvación, quedara sellado para siempre. No vas a respirar, siseó contra la pared húmeda. No vas a respirar el mismo aire que yo.
Desde el interior, la respuesta de Arturo fue un ataque de tos convulsa, seguido de una risa que sonó más como el grasnido de un cuervo enfermo. El esfuerzo físico de taladrar, combinado con la falta de oxígeno y los vapores del éter y el gas estaba empezando a cobrar su precio. Eres obstinada, jadeó el doctor, su voz llegando ahora desde el suelo, como si se hubiera derrumbado junto a la puerta. Te pareces a mí, María, más de lo que crees.
Tienes la frialdad, la determinación. ¿Crees que yo nací siendo un monstruo? No, la medicina te enseña que la carne es solo carne, que la moral es un invento de los débiles para protegerse de los fuertes. Tú estás matando a tu patrón. Estás cometiendo un crimen atroz. Ya eres parte de mi mundo. Bienvenida al abismo, hija mía. Sus palabras buscaban infectar su conciencia, arrastrarla con él hacia la oscuridad moral en la que él habitaba para no morir solo.
Leave a Comment