La criada vio lo que el Señor hacía en el sótano y decidió sellarlo para siempre. Lo que hizo a continuación cambiará tu perspectiva sobre la justicia y la venganza. ¿Fue la acción de María un acto de justicia o simplemente la condena de un monstruo?

La criada vio lo que el Señor hacía en el sótano y decidió sellarlo para siempre. Lo que hizo a continuación cambiará tu perspectiva sobre la justicia y la venganza. ¿Fue la acción de María un acto de justicia o simplemente la condena de un monstruo?

“Que se acabe, ¿tú quieres que se acabe?”, gritó su fachada de negociador desmoronándose instantáneamente. ¿Sabes con quién estás hablando, inútil? Yo soy Arturo Valdemar. Yo traje la electricidad a este barrio. Yo curé al hijo del alcalde. Tú no eres nada. Una rata de alcantarilla que recogí por lástima. ¿Crees que Dios te perdonará esto? Te irás al infierno, María. Al infierno. Estás matando a un hombre de bien. La invocación religiosa hizo que María se estremeciera. El miedo al infierno había sido inculcado en ella desde la cuna, más profundo que el miedo al hambre o al dolor.

Estaba cometiendo un pecado mortal. Era ella ahora tan monstruosa como él. Sus manos temblaron mientras cargaba más mezcla y una lágrima caliente trazó un surco limpio en su mejilla cubierta de polvo. “Dios lo vio primero, Señor”, susurró, “mas para convencerse a sí misma que para responderle. Dios vio lo que le hizo a Lucas y si Dios no bajó a detenerle, entonces me envió a mí. Esta lógica brutal y simple le dio una nueva oleada de fuerza. La pared seguía subiendo.

Hilada tras hilada, el rectángulo negro de la puerta iba desapareciendo, siendo devorado por la superficie rugosa y uniforme de los ladrillos. ya había cubierto la cerradura. El ojo de la cerradura, por donde antes salía la voz del doctor, quedó sellado bajo una capa de mortero y arcilla. Ahora la voz de Arturo llegaba más apagada, más lejana, como si ya estuviera hablando desde el otro mundo. La construcción, aunque tosca, era sólida. María, guiada por una intuición arquitectónica nacida de la necesidad, había comenzado a entrelazar los ladrillos en las esquinas, apoyándolos contra los marcos de piedra del arco original del sótano para darle estabilidad.

No era una obra maestra, pero era pesada y gruesa. A medida que el muro superaba la altura de su cintura, la realidad física del encierro comenzó a manifestarse. El aire en el pasillo se sentía más denso, cargado con el polvo del cemento que flotaba en suspensión bajo la luz de la lámpara de aceite. María tosía constantemente, escupiendo saliva grisácea al suelo, pero no se detenía a beber. Sabía que si paraba, aunque fuera un minuto, el cansancio acumulado en sus músculos la derribaría y no podría volver a levantarse.

Le dolía la espalda baja, un dolor punzante y constante, y sus hombros ardían como si tuviera brasas bajo la piel, pero el muro tenía que llegar al techo, tenía que sellar completamente el arco. Dentro del sótano, Arturo pareció darse cuenta de que la cerradura había sido cubierta. Se escuchó el sonido metálico de un instrumento golpeando la madera justo donde antes estaba el ojo de la llave. Intentaba forzar el mecanismo desde dentro o quizás romper la madera alrededor de la cerradura.

Pero la puerta estaba reforzada con bandas de hierro y la presión del muro de ladrillos al otro lado comenzaba a ejercer una contrafuerza. “¡María, el aire!”, gritó Arturo, su voz ahora un eco sordo y cavernoso. “Las lámparas de gas están consumiendo el oxígeno. Se va a acabar el aire. No seas asesina, por favor.” La mención del aire fue un golpe de realidad. El sótano no tenía ventanas. Era una bóveda subterránea construida para mantener una temperatura constante para el vino y para ahogar los gritos.

La única ventilación era la puerta y una pequeña rejilla en el techo que daba al jardín, la cual María recordó con un escalofrío. Había sido tapada con tierra el otoño pasado por orden del propio Arturo para evitar que entraran ratas. Él mismo había diseñado su ataúder hermético. La ironía era tan perfecta que resultaba mareante. Él había creado ese espacio para tener privacidad absoluta en sus crímenes, para que nadie pudiera oír ni ver lo que hacía. Y ahora esa misma privacidad garantizaba que nadie pudiera oír sus gritos de auxilio.

María miró la pared. Estaba a la altura de su pecho. Faltaba menos de un metro para llegar al dintel superior del arco. Sus brazos eran de plomo y la mezcla en el suelo se estaba acabando. Tendría que preparar más. El sonido de la voz de Arturo cambió de nuevo. Ya no gritaba palabras coherentes, sino que emitía sonidos guturales, golpes erráticos, el comportamiento de un animal atrapado que araña las paredes y de repente un sonido nuevo, un rasguido agudo, metálico, como si estuviera usando un visturí para cortar la madera.

Voy a salir. Voy a salir y te voy a arrancar los ojos. murmuraba, pero la frase se cortó por un ataque de tos seca y violenta. El gas y el miedo estaban haciendo su trabajo. María se giró hacia los sacos de cemento. Quedaban dos. Tenía que ser suficiente. Arrastró otro saco, sus dedos sangrantes resbalando sobre el papel y comenzó de nuevo el proceso. Rasgar, verter, mojar, mezclar. La rutina se había convertido en su mundo. No había pasado, no había futuro, solo la mezcla gris y los ladrillos rojos y la voz cada vez más débil, que prometía venganzas que nunca llegarían.

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