La criada vio lo que el Señor hacía en el sótano y decidió sellarlo para siempre. Lo que hizo a continuación cambiará tu perspectiva sobre la justicia y la venganza. ¿Fue la acción de María un acto de justicia o simplemente la condena de un monstruo?

La criada vio lo que el Señor hacía en el sótano y decidió sellarlo para siempre. Lo que hizo a continuación cambiará tu perspectiva sobre la justicia y la venganza. ¿Fue la acción de María un acto de justicia o simplemente la condena de un monstruo?

El muro subía y con él el silencio del resto de la casa parecía volverse más pesado, como si la mansión misma estuviera conteniendo la respiración, observando con sus ojos de ventana ciega cómo el orden natural de las cosas se invertía en ese pasillo oscuro. La criada se estaba convirtiendo en la señora de la casa y el Señor se estaba convirtiendo en un fantasma antes de morir. María notó que sus lágrimas caían sobre el mortero fresco, mezclándose con el agua y la arena, salando la mezcla.

No lloraba por él ni por ella. Lloraba porque sabía que, independientemente de lo que sucediera esa noche, la María que había bajado a buscar vino, había muerto. Quien terminaría este muro sería otra persona, alguien capaz de convivir con el hecho de estar enterrando a un hombre vivo. El muro había alcanzado la altura de las rodillas de María, una barrera gris y húmeda que ya no parecía un simple montón de escombros, sino una estructura con voluntad propia. La mecánica del trabajo forzado había inducido en la criada un trance doloroso.

Sus manos, desprovistas de guantes, comenzaban a sentir el mordisco cáustico de la cal viva presente en la mezcla. La piel de sus dedos se agrietaba enrojecida e irritada, y la sangre de los nudillos raspados contra la piedra áspera se mezclaba con el mortero, un sacrificio de sangre involuntario que sellaba el pacto de silencio. Pero el dolor físico era distante, amortiguado por una capa de adrenalina que mantenía sus sentidos agudizados al extremo. Cada crujido de la madera en los pisos superiores, cada silvido del viento en las chimeneas, le hacía detener el corazón por un segundo, temiendo que la realidad del mundo exterior irrumpiera en su pesadilla privada.

Sin embargo, la tormenta seguía siendo su única aliada, un manto de ruido blanco que aislaba la mansión Valdemar del resto de San Sebastián, convirtiéndola en una isla a la deriva en un océano de tinieblas. Nadie vendría. El jardinero, un anciano sordo como una tapia, no se despertaría ni aunque cayera un rayo en el establo. Y la señora Valdemar, la pobre doña Elvira, flotaba en sus propios sueños de opio, ajena a que su marido estaba siendo emparedado vivo unos metros bajo sus pies.

Desde el interior del sótano, la actitud de don Arturo había mutado de la furia y la amenaza a una negociación desesperada y febril. El médico, hombre de ciencia y lógica, había comprendido finalmente la gravedad de su situación. No se trataba de un berrinche de una sirvienta asustada. El sonido rítmico de la paleta y el olor inconfundible a cemento fraguando que se filtraba por las rendijas le contaban una historia de finalidad aterradora. Su voz, ahora carente de la arrogancia de los primeros minutos, se filtraba a través de la madera con un tono que intentaba ser conspirativo, casi amistoso, lo cual resultaba más perturbador que sus gritos.

“María, escúchame bien”, dijo, acercando la boca a la cerradura, su voz vibrando contra el metal. “Olvida lo que dije antes, estaba alterado. No te haré daño. Hablemos de negocios. Sé que tienes una madre enferma en el pueblo, ¿verdad? Y hermanos pequeños que alimentar. ¿Cuánto ganas aquí? Tres pecetas al mes. Es una miseria. Yo puedo cambiar eso. Tengo dinero, María, mucho dinero. No en el banco, sino aquí conmigo, en una caja fuerte oculta detrás de los estantes de vino.

Oro. Ollas de familia que ni siquiera mi esposa conoce. Todo puede ser tuyo. Solo tienes que girar la llave. Bien. Podrías irte esta misma noche, desaparecer antes de que amanezca, vivir como una reina en América. Nadie te buscaría. Yo diría que te di el dinero y te despedí. Un trato entre caballeros y damas. La oferta flotó en el aire viciado del pasillo, tentadora y venenosa. María se detuvo un instante con un ladrillo suspendido en el aire. El dinero, la promesa de una vida sin hambre, sin frío, sin la humillación constante de servir a quienes la consideraban menos que un animal de carga.

Por un segundo, la imagen de su madre tosiendo sangre en un camastro de paja, cruzó su mente, y la duda insidiosa y cruel se clavó en su pecho. Y si él decía la verdad, y si podía tomar el oro y huir. Pero entonces el sonido de un gemido ahogado provino del sótano, un sonido débil, casi imperceptible, pero suficiente para romper el hechizo de codicia que Arturo intentaba tejer. Era Lucas, todavía estaba vivo. El doctor, en su desesperación por negociar, se había olvidado de su víctima.

O quizás, en su mente retorcida, Lucas ya no contaba como una persona, sino como un objeto más en la habitación. Ese gemido le recordó a María la naturaleza del hombre con el que estaba tratando. Un hombre capaz de abrir en canal a un inocente no cumpliría ninguna promesa. Si abría esa puerta, el único oro que vería sería el brillo de un visturí antes de cortarle la garganta. Arturo no dejaría testigos. Su reputación era su verdadero Dios. Y ella, al haber visto su altar de sangre, era la hereje que debía ser quemada.

“No quiero tu dinero”, dijo María, su voz ronca y extraña, como si perteneciera a una anciana. Fue la primera vez que le contestó en minutos, “Quiero que se acabe.” Dejó caer el ladrillo en su lugar con un golpe sordo, aplastando la mezcla fresca que resumó por los lados como grasa gris. La respuesta pareció golpear a Arturo, más fuerte que cualquier insulto. Hubo un silencio atónito, seguido por el sonido de algo rompiéndose contra la pared interior. Probablemente una botella de vino lanzada con furia impotente.

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