Él Él estaba muy enfermo. María, tienes que entenderlo. Abre la puerta y te lo explicaré todo con calma. Te daré un aumento. ¿Te gustaría eso? Podrías irte a vivir a Madrid, comprarte vestidos bonitos, dejar de fregar suelos. Solo gira la llave, María. No arruines tu vida por un malentendido. Las mentiras se deslizaban bajo la puerta como serpientes de aceite buscando una grieta en la resolución de la criada. Pero María no escuchaba las palabras, escuchaba el tono, esa cadencia manipuladora que había oído mil veces cuando él convencía a los proveedores de bajar los precios o seducía a las esposas de sus amigos con cumplidos vacíos.
Ignorando la voz, María corrió hacia la pila de ladrillos que habían sobrado de la reparación del muro del huerto. Eran ladrillos macizos, de arcilla cocida, pesados y ásperos al tacto. Comenzó a apilarlos frente a la puerta, creando una barricada preliminar. Necesitaba agua. Corrió a la fregadera del cuarto de limpieza, llenó un cubo de zinc y regresó tambaleándose, derramando agua fría sobre sus propios pies. Vertió el líquido sobre el montículo de polvo gris en el suelo, sin tener un recipiente adecuado para la mezcla, convirtiendo el pavimento del pasillo en una batea improvisada.
Con la misma paleta oxidada que había encontrado junto a los sacos, comenzó a batir la mezcla. El sonido era hipnótico, chof, chof, ras. El agua se integraba con el cemento y la arena, formando una pasta densa, oscura y pegajosa. Era el barro primordial de la creación, pero aquí se usaría para la destrucción. María trabajaba con una concentración febril. Sus movimientos carecían de técnica, pero sobraban en urgencia. No sabía de albañilería. Nunca había levantado un muro en su vida, pero había visto a los obreros hacerlo el verano pasado.
Sabía que necesitaba una base sólida. Limpió el suelo frente a la puerta con el borde de su delantal, quitando el polvo suelto para que el mortero se adhiriera a la piedra. “Maldita sea, contéstame”, gritó Arturo, perdiendo la paciencia al escuchar el chapoteo húmedo de la mezcla al otro lado. “¿Qué estás haciendo? ¿Qué es ese ruido? María, te estoy ordenando que abras esta puerta inmediatamente. Soy un médico. Soy un caballero. No puedes hacerme esto a mí. Los golpes volvieron más violentos.
Esta vez algo pesado. Quizás un taburete o una barra de hierro impactó contra la madera noble. La puerta vibró, el polvo cayó de las juntas, pero la cerradura y los goznes resistieron. Era una puerta antigua hecha en tiempos donde las cosas se construían para durar siglos, irónicamente instalada por el abuelo de Arturo para proteger sus vinos más preciados de los ladrones. Ahora, esa misma calidad artesanal era la condena de su nieto. María colocó la primera capa de mortero, una línea gris y húmeda trazada directamente sobre el umbral, sellando la rendija inferior por donde se colaba la luz y la voz.
Colocó el primer ladrillo, luego el segundo. Al asentarlos, los golpeaba con el mango de la paleta para fijarlos. Un toc seco que resonaba como un martillo de juez dictando sentencia. Con cada ladrillo que colocaba, una extraña transformación operaba en la sique de María. El terror puro y animal comenzaba a diluirse, dejando paso a una frialdad mecánica, una disociación necesaria para no volverse loca. Ya no era María la criada, era una fuerza de la naturaleza, un instrumento de equilibrio cósmico.
Se dio cuenta de que por primera vez en su vida ella tenía el control absoluto. El hombre que decidía quién vivía y quién moría en esa ciudad. El hombre que tenía el poder de arruinar reputaciones con una palabra, estaba ahora reducido a una voz impotente detrás de una barrera que crecía centímetro a centímetro. Él era pequeño ahora y ella era gigante. La primera hilada de ladrillos estaba completa, extendiéndose de marco a marco. Ya no había vuelta atrás.
La mezcla comenzaba a endurecerse en sus manos, secando su piel. tirante y gris, como si ella misma se estuviera petrificando. El olor a cemento fresco inundaba el pasillo, un olor a tierra mojada y química que enmascaraba, aunque fuera ligeramente, el edor a sangre y muerte que en su imaginación seguía filtrándose desde el sótano. con Arturo, al percibir que sus golpes físicos eran inútiles contra la puerta reforzada y quizás intuyendo por los sonidos de arrastre y raspado la naturaleza de la actividad de María, cambió de táctica nuevamente.
Esta vez el sonido que emergió fue una risa, una risa seca, quebradiza, sin humor. Ah, entiendo. Me estás encerrando. ¡Qué ingeniosa la ratita! Ha decidido tapear la ratonera. ¿Crees que puedes construir un muro, María? Tú no sabes ni escribir tu nombre correctamente y crees que puedes contenerme con un poco de barro y piedras. Esto es ridículo. Cuando salga de aquí y saldré, te lo aseguro. Voy a disfrutar mucho enseñándote tu lugar. Voy a hacer que desees haberte unido a ese idiota de Lucas en la mesa.
¿Me oyes? Voy a diseccionarte viva mientras me recitas el Padre Nuestro. La amenaza flotó en el aire, viscosa y terrífica. Las manos de María temblaron, dejando caer un poco de mezcla al suelo. Por un momento, la imagen de sí misma, atada a esa mesa, con el doctor tarareando sobre ella, casi la hizo colapsar. Pero entonces miró el muro. Apenas tenía 20 cm de altura. Era patético, insuficiente. Si él salía, todo lo que había dicho se cumpliría. La única manera de que esas amenazas no se hicieran realidad era asegurarse de que él nunca jamás volviera a ver la luz del sol.
Respiró hondo tragando el aire cargado de polvo de cemento. “No vas a salir”, susurró para sí misma. tan bajo que ni siquiera las sombras pudieron oírla. Nadie va a salir. Volvió a cargar la paleta. Más mezcla, más ladrillos. El ritmo se aceleró. Splat, ras, toc. Splat, ras toc. Era una danza macabra de construcción. Sus brazos ardían por el esfuerzo. Su espalda protestaba al agacharse una y otra vez, pero no se detuvo. La segunda ailada comenzó a cubrir la primera.
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