La criada vio lo que el Señor hacía en el sótano y decidió sellarlo para siempre. Lo que hizo a continuación cambiará tu perspectiva sobre la justicia y la venganza. ¿Fue la acción de María un acto de justicia o simplemente la condena de un monstruo?

La criada vio lo que el Señor hacía en el sótano y decidió sellarlo para siempre. Lo que hizo a continuación cambiará tu perspectiva sobre la justicia y la venganza. ¿Fue la acción de María un acto de justicia o simplemente la condena de un monstruo?

Quería que ella se sintiera culpable, sucia, cómplice. María cerró los ojos y sacudió la cabeza violentamente, como si quisiera expulsar esas palabras de su mente. “Yo no soy como usted”, murmuró, volviendo a su trabajo con una urgencia renovada. Yo estoy limpiando la suciedad. Usted es la mancha. La pared subió otra hilada. Ahora el muro estaba a la altura de su barbilla. La visibilidad de la puerta había desaparecido casi por completo. Solo quedaba una franja oscura cerca del dintel superior, una boca rectangular negra que conectaba los dos mundos.

A través de esa abertura, el aire viciado del sótano escapaba hacia el pasillo, trayendo consigo una mezcla nauseabunda de olores que hizo que María sintiera arcadas, sudor agrio, excrementos, sangre coagulada y el inconfundible aroma metálico del miedo. Pero había algo más, el olor a gas. Arturo debía haber dejado las llaves de paso abiertas o tal vez la llama de las lámparas se había extinguido por la falta de oxígeno, dejando escapar el combustible. Era una bomba de tiempo.

Si ella acercaba su propia lámpara demasiado a esa abertura final, todo podría volar por los aires, destruyendo la casa y liberando la verdad. Con un cuidado extremo, María alejó su lámpara de aceite, colocándola en el suelo a varios metros de distancia, trabajando ahora en una penumbra casi total, guiada más por el tacto que por la vista. La oscuridad añadió una nueva capa de terror a la escena. En la negrura, sus oídos se convirtieron en su único radar.

Podía escuchar el roce de la ropa de Arturo contra el suelo, el sonido húmedo de su respiración dificultosa, y luego escuchó algo que le heló la sangre en las venas. El llanto, no era el llanto de Lucas. Ese había cesado hacía tiempo, sumiendo el destino del muchacho en un silencio ominoso. Era Arturo Valdemar, el pilar de la sociedad, llorando como un niño abandonado en la oscuridad. El sonido era patético, roto, desprovisto de toda dignidad. No quiero morir aquí, sollozó.

Su voz apenas un susurro que se colaba por la última grieta. Está muy oscuro. Elvira, Elvira, ayúdame, mamá. La regresión infantil del doctor fue más perturbadora para María que sus amenazas. Ver al monstruo reducido a un niño asustado desestabilizaba su odio. Despertaba una pisca de compasión humana que ella tuvo que aplastar brutalmente, recordando la imagen de Lucas abierto en la mesa. “Nadie va a venir, don Arturo, dijo María, su voz sonando extrañamente calmada en la oscuridad, una sentencia final.

rece, si es que recuerda cómo hacerlo. Con esas palabras colocó un ladrillo más, reduciendo la abertura superior a la mitad. La respuesta desde el interior fue un aullido, un sonido primal y desgarrador que no parecía humano. Arturo se lanzó una última vez contra la puerta, golpeando con su propio cuerpo un impacto blando y pesado que hizo temblar la pared recién construida. Algunos ladrillos superiores se movieron, el mortero aún fresco cediendo ligeramente. María contuvo el aliento poniendo sus manos planas contra el muro húmedo para sostenerlo, sintiendo la vibración del cuerpo de él al otro lado.

Estaban separados por apenas 20 cm de materiales, madera, hierro, ladrillo y barro. Podía sentir su calor, su desesperación. Fue un abrazo de muerte a través de la pared. Él empujaba para salir. Ella empujaba para mantenerlo dentro. El forcejeo duró unos segundos eternos hasta que el doctor, agotado por la falta de aire, colapsó de nuevo, deslizándose por la puerta hasta el suelo con un gemido largo y agónico. La pared aguantó. María, temblando de pies a cabeza, comprendió que esa había sido la última embestida.

La bestia estaba herida de muerte, asfixiándose en su propia madriguera, pero el trabajo no estaba terminado. Faltaban las últimas hiladas, las más difíciles, las que requerían que ella se subiera algo para alcanzar el techo del arco. Miró a su alrededor en la penumbra y vio una vieja caja de madera donde se guardaban las herramientas de jardín. la arrastró hasta la base del muro. Al subirse, sus piernas flaquearon, pero se mantuvo firme. Ahora estaba arriba, cerca del techo abobedado.

La abertura restante era apenas una rendija de 10 cm de alto por el ancho de la puerta. A través de ella no veía nada, solo una oscuridad absoluta. Pero podía escuchar la respiración de Arturo ahora un silvido rápido y superficial como el de un fuelle roto. La muerte estaba sentada en el sótano esperando pacientemente a que se consumiera la última molécula de oxígeno. María tomó un puñado de mezcla con la mano, ya sin usar la paleta, y comenzó a rellenar los huecos laterales de la última fila.

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