Traicionada y humillada, compra una granja con un caballo cansado… Empieza de nuevo y decide no rendirse.
La mujer que llegó con dos maletas y un caballo olvidado
Cuando Amalia Rivas bajó del autobús en un camino polvoriento de Jalisco, llevaba una maleta en cada mano, un sombrero de palma para defenderse del sol y una herida en el pecho que todavía ardía con el nombre de Efraín Salcedo.
Todos en el pueblo decían lo mismo: que estaba loca.
Una mujer sola, traicionada, sin experiencia en el campo, comprando un rancho que nadie había querido. Una casa medio caída, tierra cansada, gallinas sueltas y, detrás de una cerca vencida, un caballo color canela con una estrella blanca en la frente que la miró como si también supiera lo que era quedarse atrás cuando los demás se marchaban.
Amalia no respondió a los murmullos. Ya había escuchado suficientes voces en su vida. Las de las vecinas cuchicheando cuando Efraín la humilló públicamente. Las de los amigos de él, que fingían incomodidad, pero disfrutaban el escándalo. Las de quienes repetían que una mujer sola no podía empezar de nuevo desde cero.
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