PARTE 1
Mateo y Elena llevaban 4 años de casados cuando por fin la prueba de embarazo mostró las 2 ansiadas líneas. Vivían en una pequeña casa de interés social en Ecatepec, Estado de México, un lugar donde el ruido de los microbuses y la música de cumbia de los vecinos nunca se apagaba. Mateo se ganaba la vida trabajando turnos de más de 12 horas en un taller mecánico al borde de la avenida principal, mientras Elena solía ayudar en un puesto de barbacoa que su familia tenía en el mercado de la colonia.
El embarazo, que ya marcaba el mes número 6, debía ser el momento más luminoso de sus vidas. Sin embargo, una sombra densa había caído sobre su hogar.
Desde hacía 3 semanas, Elena había cambiado drásticamente. Se negaba a salir de la cama. Día y noche permanecía acostada de lado, envuelta hasta el cuello con una pesada cobija de tigre, sin importar que el calor de la tarde hiciera sudar a cualquiera. Apenas probaba bocado; los platos de caldo de pollo y las tortillas hechas a mano que Mateo le dejaba en la mesita de noche se quedaban fríos y marchitos.
Pero el verdadero veneno en esta historia no era el silencio de Elena, sino los constantes murmullos de Doña Rosa, la madre de Mateo. La mujer, que vivía a solo 2 calles de distancia, visitaba la casa a diario con el único propósito de sembrar discordia.
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