El salón quedó tan quieto que se escuchó el fuego partirse dentro de las antorchas.
Los 63 ancianos dejaron de murmurar.
Don Vázquez no movió ni un dedo, pero sus ojos se afilaron.
—Niña —dijo—, piensa bien antes de manchar con mentiras una ley más antigua que tu sangre.
Alma tragó saliva.
Tenía la garganta seca. El tobillo le ardía. Los guardias seguían a 3 pasos de ella, con las manos sobre las empuñaduras.
Pero los lobos estaban de pie.
Y eso cambió todo.
El más grande se colocó delante de Alma. El segundo se pegó a su lado izquierdo. El tercero mostró los dientes hacia los guardias.
Nadie volvió a avanzar.
El rey Gael bajó del trono despacio.
Su capa negra rozó los escalones de obsidiana. Sus ojos ámbar no miraban a Don Vázquez. Miraban la cinta roja en la muñeca de Alma.
La miraba como si esa tira sucia hubiera abierto una tumba dentro de su pecho.
—¿Dónde viste eso? —preguntó.
Alma apretó la muñeca contra su pecho.
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