Pero ambos teníamos nuestras familias.
Nuestros trabajos.
Nuestras propias responsabilidades.
Mamá jamás nos reclamó.
Al contrario.
—Vivan —nos decía—. Yo estoy bien.
No estaba bien.
Por eso, cuando cinco años después conoció a Rafael en una clase de pintura, fui la primera en alegrarme.
Al principio ella ni siquiera quería admitir que estaban saliendo.
—Es un amigo.
—Mamá, un amigo no te manda flores cada jueves.
—Es atento.
—Y tú te compraste un vestido nuevo para verlo.
Se puso roja.
Hacía años que no veía a mi madre comportarse de aquella manera.
Rafael era dieciséis años menor.
Eso generó comentarios.
A mí también me produjo cierta preocupación.
No voy a fingir que no.
Mi madre tenía una casa pagada.
Ahorros.
Una pequeña propiedad que alquilaba.
No era rica, pero vivía cómodamente.
Rafael decía trabajar de manera independiente haciendo mantenimiento y reparaciones.
No parecía tener demasiado dinero.
Yo intentaba no juzgar.
Hasta que empezaron las cenas.
Mi madre había recuperado una antigua costumbre familiar.
El primer domingo de cada mes nos reuníamos todos.
Carlos.
Su esposa.
Sus dos hijos.
Mi marido.
Nuestra hija.
Mamá.
Y ahora Rafael.
La primera cena fue agradable.
Rafael ayudó a servir.
Conversó con los niños.
Escuchó historias de mi padre sin mostrarse incómodo.
Eso me gustó.
A las ocho y veinte miró el reloj.
—Elena, tengo que irme.
Mi madre pareció decepcionada.
—Todavía falta el postre.
—Lo sé.
—Hice flan.
—Guárdame un pedazo.
La besó.
Se marchó.
Nada extraño.
Al mes siguiente hizo exactamente lo mismo.
Después otra vez.
Y otra.
Siempre aproximadamente a la misma hora.
Mi hermano empezó a notarlo.
—¿Dónde va?
—Trabaja temprano —respondió mamá.
—Mañana es lunes. Todos trabajamos temprano.
—Carlos.
—Solo pregunto.
Mi madre lo defendía.
—Rafael tiene sus cosas.
Aquella frase me pareció extraña.
“Sus cosas.”
Un día le pregunté directamente:
—Mamá, ¿sabes adónde se va?
—Sí.
La respuesta fue demasiado rápida.
—¿Adónde?
—Patricia, tengo setenta y dos años. No necesito que investigues a mi novio.
Me quedé callada.
Tenía razón.
Pero mi preocupación no desapareció.
Entonces ocurrió algo que la hizo crecer.
Una tarde fui a casa de mamá sin avisar.
Rafael estaba en el jardín arreglando una ventana.
Dejó el teléfono sobre una mesa.
Sonó.
No intenté mirar.
Pero la pantalla se iluminó delante de mí.
Solo alcancé a leer:
“Residencia San Gabriel.”
Rafael apareció y tomó el teléfono inmediatamente.
—Tengo que contestar.
Se alejó.
Residencia.
Aquella palabra empezó a dar vueltas en mi cabeza.
¿Residencia de ancianos?
¿Por qué llamaban a Rafael?
Cuando regresó le pregunté:
—¿Todo bien?
—Sí.
—¿Quién era?
—Una cosa personal.
No me gustó la respuesta.
Pero no podía exigirle explicaciones.
Esa noche busqué el nombre.
La Residencia San Gabriel era un centro especializado para adultos que necesitaban distintos niveles de apoyo y cuidado.
No estaba muy lejos.
No le dije nada a mamá.
Pensé en todas las posibilidades.
Un familiar enfermo.
Trabajo.
Algún amigo.
Pero mi imaginación eligió automáticamente las peores.
Quizá Rafael tenía una esposa allí.
Quizá era responsable legal de alguien.
Quizá existía una parte enorme de su vida que mi madre desconocía.
La siguiente cena observé cada movimiento.
A las ocho y diecisiete miró el reloj.
A las ocho y veinte se levantó.
—Tengo que irme.
Mi hermano sonrió con cierta ironía.
—¿Otra emergencia?
Rafael lo miró.
—Algo así.
Mi madre intervino:
—Carlos.
Él levantó las manos.
—No dije nada.
Rafael besó a mamá.
—Te llamo cuando llegue.
Salió.
Cinco minutos después dije que necesitaba comprar algo en una farmacia.
Mentí.
Me siento mal al recordarlo.
Pero lo seguí.
Subí a mi automóvil y mantuve distancia.
Rafael condujo unos veinte minutos.
No fue hacia su casa.
Se dirigió exactamente a la Residencia San Gabriel.
Estacionó.
Bajó.
Llevaba una bolsa que no había visto antes.
Esperé.
Después hice algo todavía peor.
Entré.
La recepcionista me preguntó:
—¿A quién viene a visitar?
Improvisé.
—Estoy buscando información sobre el centro.
Me dio un folleto.
Mientras fingía leer, vi a Rafael atravesar un pasillo.
Una enfermera lo saludó.
—Llegaste.
—¿Cómo estuvo hoy?
—Un poco inquieto. Lleva una hora preguntando por ti.
“Él.”
Seguí mirando.
Rafael entró en una sala.
Desde donde estaba podía ver parcialmente.
Había un hombre sentado junto a una ventana.
Parecía tener unos treinta años.
Rafael se acercó.
El hombre se levantó inmediatamente.
—Papá.
Sentí una vergüenza instantánea.
Rafael lo abrazó.
No una visita secreta a una amante.
No una estafa.
Su hijo.
Me quedé inmóvil.
Después ocurrió algo que terminó de cambiarlo todo.
El joven comenzó a agitar las manos.
Parecía nervioso.
Rafael sacó de la bolsa un pequeño rompecabezas.
Se sentó junto a él.
Hablaba lentamente.
El joven fue calmándose.
Yo debería haberme marchado.
Pero en ese momento Rafael giró.
Me vio.
Su expresión cambió.
Se levantó.
Salió al pasillo.
—Patricia.
No sabía qué decir.
—Yo…
—¿Me seguiste?
No podía mentir.
—Sí.
Su rostro mostró decepción.
No enojo.
Eso fue peor.
—¿Por qué?
—Estaba preocupada por mamá.
—¿Y pensaste qué?
Guardé silencio.
Él entendió.
—Que tenía otra mujer.
—No sabía qué pensar.
—Podías preguntar.
—Lo hice.
—Y te dije que era personal.
—Precisamente.
Rafael respiró.
—Ven.
Me llevó a una pequeña sala.
Nos sentamos.
—Se llama Andrés.
—Tu hijo.
—Sí.
—¿Cuántos años tiene?
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