La primera vez que Rafael abandonó una cena familiar antes del postre pensé que se trataba de una casualidad. La segunda me pareció extraño. A la sexta ya estaba convencida de que el novio de mi madre escondía algo. Siempre ocurría igual: miraba discretamente su reloj alrededor de las ocho y cuarto, besaba a mi madre en la frente y decía que tenía que marcharse. Nunca aceptaba café. Nunca esperaba el pastel. Y jamás explicaba adónde iba.
Mi madre tenía setenta y dos años. Rafael, cincuenta y seis. Desde que comenzaron su relación, mi hermano y yo habíamos escuchado toda clase de comentarios. “Ten cuidado con los hombres más jóvenes”, decía una tía. “Seguro vio que tu mamá tiene casa propia”, insinuó otra persona. Yo defendía a mi madre delante de todos… hasta aquella noche en que vi a Rafael levantarse nuevamente antes del postre, guardar apresuradamente su teléfono y decir: “Perdónenme, pero si no salgo ahora llegaré demasiado tarde.”
📌 IMPORTANTE: El video relacionado a esta historia lo encontrarás al final del artículo.
Mi nombre es Patricia.
Mi madre se llama Elena.
Quedó viuda a los sesenta y cuatro años, después de treinta y nueve de matrimonio con mi padre.
La muerte de papá la destruyó.
Durante casi dos años dejó de hacer muchas de las cosas que antes disfrutaba.
No quería viajar.
No aceptaba invitaciones.
Dejó de arreglarse como antes.
Los domingos se sentaba frente a la televisión aunque muchas veces ni siquiera estaba mirando el programa.
Mi hermano Carlos y yo intentábamos acompañarla.
Pero ambos teníamos nuestras familias.
Nuestros trabajos.
Nuestras propias responsabilidades.
Mamá jamás nos reclamó.
Al contrario.
—Vivan —nos decía—. Yo estoy bien.
No estaba bien.
Por eso, cuando cinco años después conoció a Rafael en una clase de pintura, fui la primera en alegrarme.
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