Aseguró que Sebastián había organizado las transferencias.
Sebastián, al enterarse, respondió acusándola de haber robado información empresarial por iniciativa propia.
Otra vez hicieron exactamente lo mismo.
Intentaron salvarse destruyendo al otro.
Y cada acusación abrió una puerta nueva.
Dos semanas después presenté el divorcio.
También renuncié temporalmente a mi cargo mientras una auditoría independiente revisaba cada operación realizada durante los años en que Sebastián había tenido acceso a información del grupo.
Mi padre quiso culparse.
—Debí haber investigado mejor a ese hombre.
Negué con la cabeza.
—Yo me casé con él, papá. Él eligió engañarnos.
La investigación sobre mis documentos médicos continuó separadamente.
La firma falsa fue sometida a peritaje.
El hospital entregó registros internos.
Y el doctor Salcedo tuvo que explicar por qué existían comunicaciones privadas con Sebastián sobre decisiones que deberían haber sido discutidas conmigo.
Pero hubo una noticia que no esperaba.
Una especialista revisó mi expediente completo.
—Señora Alcántara, necesito corregir algo que usted ha creído durante años.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué cosa?
—Que todas sus posibilidades desaparecieron.
Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.
La doctora fue prudente.
No prometió milagros.
Solo explicó que mi situación debía evaluarse nuevamente y que las decisiones anteriores no significaban necesariamente que mi historia terminara allí.
Salí del consultorio llorando.
Pero aquella vez eran lágrimas diferentes.
Sebastián me había robado años.
No necesariamente todo mi futuro.
Meses después lo vi nuevamente durante una audiencia relacionada con el divorcio y los bienes.
Parecía haber envejecido.
Mariana y Diego también estaban divorciándose.
La investigación empresarial seguía abierta y varias personas que Sebastián consideraba leales habían empezado a colaborar con los investigadores.
Cuando terminó la sesión, él me alcanzó en el pasillo.
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