Segunda: 400.
Después 800.
Luego dejé de apuntarlo.
En algún momento, cobrarle dejó de importarme.
La carta continuaba:
“Pero quiero que entiendas algo. Nunca olvidé mi deuda. Solo estaba esperando saber qué clase de persona eras.”
Fruncí el ceño.
Leí esa frase otra vez.
¿Qué clase de persona?
Pasé a la segunda página.
“Dentro de este sobre encontrarás una llave. Ve con el licenciado Eduardo Serrano. Él te explicará lo demás.”
Incliné el sobre.
Una pequeña llave de metal cayó sobre mi palma.
En la parte inferior había una dirección.
Dos días después estaba sentado frente a un notario en una oficina del centro de Guadalajara.
El licenciado Serrano tendría unos sesenta años.
Cuando dije mi nombre, me miró durante varios segundos.
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