Me senté frente a la mesa y coloqué su teléfono junto al mío.
Daniel llamó siete veces durante la tarde.
No respondí.
Después llegaron mensajes cada vez más distintos.
Primero fueron órdenes.
“Contéstame”.
“Necesito saber qué estás haciendo”.
“No tomes decisiones sin mí”.
Luego llegaron las justificaciones.
“Yo sí pensaba regresar”.
“Mi vuelo ya estaba comprado”.
“Mi mamá sabía que la quería”.
Y finalmente apareció el mensaje que confirmó que seguía pensando más en las consecuencias para él que en la muerte de Teresa.
“Por favor, no le cuentes a nadie lo de la isla hasta que yo llegue”.
Lo leí dos veces.
Entonces respondí por primera vez.
“Regresa por tu madre. Lo demás lo vas a enfrentar cuando llegues”.
No añadió nada durante casi una hora.
Después escribió solamente: “Está bien”.
Daniel llegó la mañana siguiente.
Escuché su llave antes de verlo.Entró con la misma maleta negra que usaba para sus supuestos viajes de trabajo y llevaba la ropa arrugada, como si hubiera pasado la noche viajando sin dormir.
Por un instante quise reconocer al hombre con quien me había casado.
Quise encontrar en su cara la culpa, el dolor o siquiera la comprensión de lo que había perdido.
Pero lo primero que hizo fue mirar la mesa.
Después miró mi bolsa.
—¿Dónde está el celular de mi mamá?
Ni siquiera dijo buenos días.
—Conmigo.
—Dámelo.
—No.
Su expresión cambió.
—Lucía, es el teléfono de mi madre.
—Y antes de morir me pidió que leyera tus mensajes.
—Estaba medicada.
La rapidez de su respuesta me dejó helada.
—Sabía perfectamente lo que decía.
—Tú no puedes saber eso.
—Estuve con ella.
Daniel abrió la boca, pero no encontró una respuesta que no lo hiciera quedar peor.
Se dejó caer en una silla y se cubrió la cara con ambas manos.
Durante unos segundos pareció simplemente un hijo que acababa de perder a su madre.
Yo no interrumpí ese momento.
Su dolor podía ser real y su comportamiento también.
Una cosa no borraba la otra.
Cuando levantó la cabeza tenía los ojos rojos.
—Debí estar aquí.
Fue la primera verdad que le escuché desde la llamada de la isla.
—Sí.
—Pensé que todavía tenía tiempo.
—Ella te dijo que podía ser el final.
—No entendía que fuera tan grave.
Saqué el teléfono de Teresa.
—Lo entendiste a las 5:42 de la mañana.
Daniel miró el aparato como si pudiera acusarlo.
—No sabes todo lo que estaba pasando.
—Entonces explícame.
Se puso de pie y empezó a caminar por la cocina.
Dijo que el viaje había sido planeado desde hacía semanas.
Dijo que necesitaba espacio.
Dijo que nuestra casa se había convertido en un lugar donde todo giraba alrededor de la enfermedad de Teresa.
Dijo que llevaba meses agotado.
Algunas de esas cosas podían incluso ser ciertas.
Cuidar a alguien enfermo cambia una casa entera.
El cansancio existe.
El miedo existe.
La necesidad de escapar también.
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