Era algo mucho más sencillo y, para Daniel, aparentemente mucho más incómodo: la evidencia de que su madre había dejado de aceptar que él decidiera quién pertenecía y quién no.
Guardé el teléfono de Teresa en mi bolsa.
No borré nada.
Las horas siguientes estuvieron llenas de decisiones pequeñas que nunca imaginé que tendría que tomar sin Daniel: a quién avisar, qué ropa llevar, qué cosas dejar en la habitación y cuáles recoger.
No había drama en esas tareas.
Sólo una ausencia cada vez más pesada.
Cuando llegué a la casa, todavía había una taza de Teresa junto al fregadero.
La había dejado ahí esa mañana porque salimos con prisa.
Por costumbre estuve a punto de lavarla.
No lo hice.
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