La reclusa más temida de la prisión decidió humillar a la recién llegada, quitándole la comida delante de todas las internas

La reclusa más temida de la prisión decidió humillar a la recién llegada, quitándole la comida delante de todas las internas

No era una criminal famosa.

Pero llevaba años tomando decisiones cada vez peores.

—Tu mamá me habló como si yo todavía pudiera hacer algo bueno con mi vida.

—¿Y eso te cambió?

Soltó una risa amarga.

—No lo suficiente.

Tres días después la arrestaron por un robo cometido semanas antes.

Salió bajo ciertas condiciones mientras continuaba el proceso.

Y tiempo después se involucró en el delito por el que finalmente terminaría condenada a una larga pena.

—Entonces mi mamá no te salvó.

Marta me miró.

—No evitó que entrara aquí.

—¿Entonces?

—Evitó que creyera que yo había sido mala desde que nací.

Aquella respuesta me sorprendió.

Durante los años de prisión, cada vez que alguien la trataba como un monstruo, Marta recordaba a Rosa.

La mujer herida que sabía que ella tenía problemas, que aun así regresó al hospital para agradecerle haber salvado a su hija.

Mi madre le había dicho:

“Lo que hiciste aquel día también eres tú. No permitas que nadie te convenza de que tus peores decisiones son lo único que existe dentro de ti.”

Sentí un nudo en la garganta.

Esa frase era completamente de mamá.

—¿La recuerdas exactamente?

—La he repetido durante diecisiete años.

Me quedé mirando a la mujer que minutos antes me había quitado la comida para humillarme.

La contradicción era enorme.

—No pareces haberte convertido en una santa.

Marta sonrió.

—No.

—Todo el mundo te tiene miedo.

—Eso mantiene las cosas simples.

—¿Y quitar comida a una nueva también?

Su sonrisa desapareció.

—No.

Por primera vez pareció avergonzada.

—Entonces ¿por qué lo hiciste?

—Porque aquí, si piensan que eres débil, te ponen a prueba.

—Así que tú pruebas a los demás primero.

—Algo así.

—Mi madre se decepcionaría.

Fue una frase peligrosa.

Lo supe apenas salió de mi boca.

Dos internas de la mesa cercana levantaron la mirada.

Marta también.

Esperé una reacción.

Pero bajó la cabeza.

—Sí.

No dijo nada más.

Terminamos de comer.

Cuando me levanté pensé que aquello había terminado.

No.

A partir del día siguiente todo cambió.

No porque Marta se convirtiera en mi amiga.

Era más extraño.

Las demás comenzaron a evitarme.

Algunas pensaban que yo tenía una relación secreta con ella.

Patricia me preguntó:

—¿Qué demonios le dijiste?

—Conoce a mi mamá.

—Claro.

—De verdad.

Le conté parte.

Patricia se quedó mirándome.

—Tu madre conoce a La Loba.

—De antes de que fuera La Loba.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Qué cosas?

—Nunca la he visto devolver una bandeja.

Dos días después Marta me llamó desde el patio.

—Herrera.

Me acerqué.

—¿Qué?

—Quiero que llames a tu madre.

—¿Para qué?

—Quiero saber cómo está.

—Puedes preguntarme.

—Quiero escucharla.

La petición me incomodó.

—No sé si ella quiere hablar contigo.

—Pregúntale.

Durante mi siguiente llamada le conté a mamá.

Hubo un silencio larguísimo.

—¿Marta?

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