—¿Cómo?
Marta permaneció callada.
Después habló.
—Cuando estaba en el hospital, me llevó comida.
—¿Mamá?
—Sí.
Yo había olvidado esa parte.
Mi madre apenas podía caminar después del accidente.
Pero aparentemente había conseguido saber dónde estaba Marta.
—Me llevó pan casero —continuó.
Sonrió mirando mi bandeja.
—Siempre le faltaba una esquina.
Me reí nerviosamente.
—Yo hago lo mismo.
—Ya lo vi.
Eso había sido lo que la hizo reconocerme.
Pero todavía no entendía por qué decía que mi madre la había salvado.
—¿Qué pasó después?
Marta miró hacia las ventanas altas.
—Yo ya estaba metida en cosas malas.
Aquello no era un secreto.
Había crecido en una familia complicada.
Su padre había sido violento.
Su madre murió joven.
A los catorce años Marta prácticamente vivía en la calle.
A los veinte comenzó a relacionarse con personas vinculadas a robos.
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