Tres años atrás, cuando tenía unos trece o catorce años, Mateo escapó.
Antes de marcharse dijo que buscaría su verdadera casa.
Una semana después, la casa hogar sufrió un incendio.
Las habitaciones de los niños se salvaron.
Pero las oficinas administrativas y los archivos quedaron destruidos.
Todos los expedientes desaparecieron.
Alejandro sintió que aquello era demasiado conveniente.
Un niño escapaba.
Siete días después desaparecía toda prueba documental de su existencia.
Llamó inmediatamente a Sergio, el hombre encargado de su seguridad.
—Quiero saber todo sobre esa casa hogar. Propiedad, financiamiento, incendio, responsables y archivos. Todo.
Luego miró a Rosa.
—Usted y Lucía se quedan aquí.
—Señor…
—No como empleadas. Como invitadas.
Rosa palideció.
—¿Por qué?
—Porque, si alguien ocultó a mi hijo durante años y destruyó los registros, su hija podría ser la única persona capaz de reconocerlo.
Alejandro miró a Lucía.
—Y eso puede convertirla en alguien muy importante para quien quiera mantener enterrado este secreto.
Horas después llegó el abuelo adoptivo de Lucía, Tomás Herrera, un hombre retirado de setenta años que desconfiaba profundamente de la gente poderosa.
Entró al despacho y fue directo al asunto.
—Mi hija me llamó llorando. ¿Por qué hay hombres vigilando a mi nieta?
—Porque creo que acaba de abrir una puerta que alguien lleva diez años intentando mantener cerrada.
Alejandro le contó todo.
Tomás escuchó sin impresionarse por la fortuna, la casa ni el apellido.
Pero cuando escuchó el nombre de Bruno, su expresión cambió.
—Lucía no podía saber eso.
—Exactamente.
Sergio apareció poco después con los primeros resultados.
El incendio había sido declarado accidental.
Sin embargo, había algo extraño.
La propiedad donde funcionaba la casa hogar pertenecía a una fundación privada.
Y durante años aquella fundación había recibido dinero de una empresa relacionada con los negocios de Alejandro.
Alejandro levantó lentamente la mirada.
—¿Mi dinero?
—Indirectamente, sí.
Sintió náuseas.
Durante años, alguien había utilizado recursos procedentes de su propio entorno empresarial para financiar el lugar donde aparentemente mantenían escondido a su hijo.
—Encuentra quién autorizó los pagos.
Sergio necesitó menos de una hora.
Cuando regresó, llevaba el rostro tenso.
—El responsable fue Ricardo Montes.
Alejandro dejó caer el teléfono que tenía en la mano.
Ricardo.
Hermano de Elena.
Su cuñado.
El hombre que estuvo a su lado durante la búsqueda.
El que lloró durante el funeral de Elena.
El que cada aniversario le repetía:
“Debes dejar descansar a Emiliano.”
Alejandro sintió que el aire desaparecía de la habitación.
En otra parte de la casa, Lucía seguía hablando con su abuelo.
Recordó que algunas noches llegaba un automóvil oscuro a la casa hogar.
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