Allí estaban el departamento, los restaurantes, los viajes y los regalos.
Camila empezó a llorar.
“Yo no sabía que estaba endeudado.”
“Tal vez no”, respondió Valeria. “Pero sí sabías que estaba casado.”
Camila bajó la mirada.
Mauricio explicó que, si una prueba confirmaba la paternidad después del nacimiento, el bebé podría reclamar lo que legalmente correspondiera dentro de la sucesión de Arturo.
Pero no podía heredar una casa o una empresa que Arturo jamás había poseído.
Antes de irse, Camila dijo algo que hizo que Valeria se quedara inmóvil.
“Beatriz decía que el seguro nos resolvería la vida.”
Horas después, la Fiscalía confirmó que las cámaras mostraban a Beatriz realizando un recorrido fuera de la ciudad con la bolsa encontrada en su habitación.
Camila había viajado con ella durante parte del trayecto.
Interrogada por los agentes, Camila aseguró que Beatriz le había pedido acompañarla a recoger “algo para el jardín” y que nunca supo que transportaba una serpiente.
Valeria no sabía si creerle.
Una semana después visitó a Beatriz en el hospital.
“¿Camila era la mujer con la que querías que Arturo se casara?”
Beatriz la miró con desprecio.
“Ella sí podía darle una familia.”
“Arturo ya tenía una familia.”
“Una casa vacía no es una familia.”
Valeria respiró lentamente.
“Viviste conmigo 10 años. Pagué tus médicos, tus deudas y todo lo que necesitabas.”
“Pero nunca le diste un hijo.”
Por primera vez, Beatriz dejó de esconder su odio detrás de frases amables.
Valeria se acercó.
“Por eso pusiste una víbora debajo de mi almohada.”
El rostro de Beatriz cambió.
No era una pregunta.
“Si hubieras dormido donde siempre dormías, Arturo seguiría vivo”, balbuceó.
Valeria la observó incrédula.
“Yo le advertí que había una serpiente. Tú estabas allí. Pudiste detenerlo.”
Beatriz comenzó a llorar.
“No podía confesarlo.”
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