—Papá, nunca debiste decirle eso.
—Solo hablábamos.
—Tiene ocho años.
—Ella entiende.
—Precisamente. Entiende demasiado.
Mi padre bajó la mirada.
Fue la primera vez que vi vergüenza.
—Lo siento.
Me senté frente a él.
—¿Has ido al médico?
Negó.
—¿Por qué?
—Porque si nadie lo confirma, quizá no sea verdad.
Aquello me dolió más que todo.
El hombre que durante mi infancia había resuelto cada problema estaba aterrorizado.
No quería un diagnóstico.
No quería admitir que podía perder su independencia.
Así que había intentado esconder el problema.
Al día siguiente cancelamos todos nuestros planes.
Valentina volvió conmigo.
Papá se molestó.
—Ella quería quedarse.
—Y yo necesito que vuelva a ser tu nieta.
No tu cuidadora.
Eso fue duro.
Pero necesario.
El lunes conseguí una cita médica.
No obtuvimos una respuesta inmediata.
Hubo evaluaciones.
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