Mi hija siempre me rogaba quedarse con el abuelo, pero después de escuchar una frase que ella repitió, decidí regresar a escondidas

Mi hija siempre me rogaba quedarse con el abuelo, pero después de escuchar una frase que ella repitió, decidí regresar a escondidas

—No.

—Sí.

—Está aquí.

—¿Cómo sabes?

—Porque pusimos las pastillas de hoy en esta cajita.

Mi hija estaba administrando los medicamentos de un hombre de setenta y dos años.

Ahí entré.

No pude seguir observando.

Abrí la puerta.

—Papá.

Él giró.

Su rostro cambió inmediatamente.

Por un instante vi miedo.

Después volvió a ser él.

—¿Qué haces aquí?

—Olvidé algo.

—¿Qué?

No tenía respuesta.

Valentina me miró.

Sabía que había regresado para comprobar.

—Papá, tenemos que hablar.

—¿Sobre qué?

—Sobre mamá.

Su expresión se endureció.

—¿Qué pasa con tu madre?

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Dónde está?

Mi padre me miró como si la pregunta fuera absurda.

—No sé. Probablemente comprando.

Valentina comenzó a llorar.

Mi padre miró a la niña.

Después a mí.

Y algo pareció encenderse dentro de su cabeza.

Su rostro se transformó.

Se llevó ambas manos a la cara.

—No.

No dije nada.

—No, no, no.

Se sentó.

—Carmen murió.

No era una pregunta.

Era una verdad regresando.

Me acerqué.

—Sí, papá.

Comenzó a llorar.

—¿Cuánto hace?

—Casi tres años.

—Tres años.

Repitió.

—Yo estuve…

—Sí.

—En el hospital.

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