Una noche llegué al hospital después de un examen.
Estaba muy débil.
Le llevé una sopa.
—No tengo hambre.
—Tienes que comer.
—Mira quién se convirtió en mi madre.
Sonrió.
Después señaló mi mochila.
—¿Cómo te fue?
—Bien.
—Eso significa mal.
—Probablemente un ocho.
—¿Y estás triste por un ocho?
—Quería diez.
Se rio.
—Ahora ya te pasaste.
Aquella noche hablamos durante horas.
Me contó cosas de su vida que nunca había preguntado.
Cómo sintió miedo cuando descubrió que estaba embarazada.
Cómo mi padre le pidió que interrumpiera el embarazo.
Cómo ella se negó.
Cómo trabajó embarazada hasta casi el último día.
—¿Nunca te arrepentiste?
Me miró sorprendida.
—¿De tenerte?
—Sí.
—Elena, tú eres la única decisión de mi vida de la que nunca dudé.
Me apoyé en su cama.
Lloramos juntas.
Dos semanas después los médicos nos dijeron que el tratamiento ya no estaba funcionando.
Mi madre pidió regresar a casa.
Quería dormir en su cama.
Sus compañeras del hospital ayudaron a organizar todo.
Yo suspendí temporalmente algunas prácticas, pero no abandoné los estudios.
Ella se aseguró de eso.
Cada día estaba más débil.
Una noche me llamó.
—Elena.
Me senté junto a ella.
—Estoy aquí.
—Abre el cajón.
Había una pequeña caja.
Pensé que eran documentos.
Dentro encontré un recibo antiguo.
Una casa de empeños.
“Anillo de oro.”
Entendí.
—Mamá…
—Ese fue el anillo de tu abuela.
—Me dijiste que lo habías guardado.
—Sí. Lo guardé en tu matrícula.
Comencé a llorar.
—¿Por qué?
—Porque tu abuela habría hecho lo mismo.
—Era lo único que tenías de ella.
—No.
Me tocó la cara.
—Tenía todo esto.
No pude hablar.
Ella continuó.
—Quiero que me prometas algo.
—Lo que quieras.
—Termina.
—Sí.
—No. Mírame.
La miré.
—Prométeme que vas a terminar aunque yo no esté.
—Mamá…
—Promételo.
—Lo prometo.
—Y una cosa más.
—¿Qué?
Respiró.
Le costaba.
—Cuando seas doctora, no olvides nunca a las personas que limpian las habitaciones.
Aquello me sorprendió.
Ella sonrió.
—Los médicos entran, revisan y salen. Las enfermeras corren todo el día. Pero nosotros también vemos cosas.
—Lo sé.
—Vemos cuando alguien llora después de que la familia se va. Vemos al anciano que nadie visita. Vemos a la madre durmiendo en una silla.
Se quedó en silencio.
—Trata bien a todos.
—Lo haré.
—No preguntes primero cuánto dinero tienen.
—Nunca.
—Entonces ya estoy tranquila.
Mi madre murió cuatro días después.
Yo tenía veintidós años.
Estaba a mitad de la carrera.
Durante semanas no quise levantarme.
No quería ver libros.
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