“MAMÁ, NO SÉ SI PUEDES VERME DESDE ALLÁ ARRIBA… PERO HICE ESTO POR TI”

“MAMÁ, NO SÉ SI PUEDES VERME DESDE ALLÁ ARRIBA… PERO HICE ESTO POR TI”

Durante casi toda mi infancia recuerdo verla salir de casa antes del amanecer.

Usaba un uniforme azul.

Zapatos blancos.

Y siempre llevaba el cabello recogido.

A las cinco y media de la mañana entraba en mi habitación.

—Elena.

—Cinco minutos.

—Tus cinco minutos duran media hora.

Me hacía cosquillas.

Yo protestaba.

Después preparaba avena, me dejaba con una vecina y se marchaba.

Regresaba cansada.

Pero nunca decía:

“Estoy cansada”.

Decía:

—¿Hiciste la tarea?

Mi madre estaba obsesionada con mis estudios.

Si sacaba un ocho, preguntaba por qué no había conseguido un nueve.

Si sacaba un diez, pegaba el examen en el refrigerador.

—Tú vas a estudiar una carrera —repetía.

—¿Cuál?

—La que quieras.

Cuando tenía nueve años contesté:

—Quiero ser cantante.

Mi madre me escuchó cantar.

—Tal vez deberíamos pensar en otra.

Nos reíamos.

La idea de estudiar medicina apareció mucho después.

Tenía catorce años cuando mamá llegó a casa con una herida profunda en una mano.

Se había cortado accidentalmente con un vidrio mientras limpiaba una habitación.

La acompañé a urgencias.

Mientras esperábamos observé a una doctora joven.

Hablaba con cada paciente con una tranquilidad impresionante.

Había un niño llorando.

Ella se agachó frente a él.

Le explicó todo antes de tocarlo.

Cinco minutos después el niño estaba sonriendo.

—Quiero hacer eso —le dije a mamá.

—¿Qué cosa?

—Ser doctora.

Mamá me miró.

No se rio.

No dijo que era demasiado difícil.

No mencionó dinero.

Respondió:

—Entonces vas a ser doctora.

Así era ella.

Primero creía.

Después averiguaba cómo hacerlo.

Cuando llegó el momento de solicitar ingreso a la universidad descubrimos algo que ambas sabíamos, pero habíamos evitado hablar.

Estudiar medicina costaba mucho más de lo que podíamos pagar.

Conseguí una ayuda académica.

Pero no cubría todo.

Faltaban libros.

Transporte.

Materiales.

Matrícula.

Uniformes.

Mi madre dijo:

—Entrarás.

—Mamá, mira los números.

—Ya los miré.

—No podemos.

—Tú no puedes decir “no podemos” antes de que yo termine de intentarlo.

Durante semanas comenzó a salir de casa todavía más temprano.

Después descubrí que había aceptado un segundo turno.

Limpiaba oficinas por la noche tres veces a la semana.

Me enfadé.

—No vas a hacer eso.

—¿Quién es la madre aquí?

—Vas a enfermarte.

—Estoy bien.

—No necesito estudiar medicina.

Me miró con una seriedad que todavía recuerdo.

—Nunca vuelvas a renunciar a un sueño porque yo tenga que trabajar.

—Pero…

—Mi trabajo es darte una oportunidad. Lo que hagas con ella será tu responsabilidad.

Entonces ocurrió algo que no descubrí hasta años después.

Mi abuela había dejado a mamá un pequeño anillo de oro.

Era lo único que conservaba de ella.

Yo lo había visto cientos de veces.

Mamá casi nunca lo usaba.

Lo guardaba dentro de una caja de madera.

Un día desapareció.

Pregunté.

—¿Dónde está el anillo de la abuela?

—Lo guardé en otro sitio.

Mentira.

Lo había vendido.

Con ese dinero pagó parte de mi primer semestre.

No me enteré hasta mucho después.

Entré en la universidad.

Los primeros meses fueron horribles.

Todo el mundo parecía saber más que yo.

Había compañeros cuyos padres eran médicos.

Otros habían estudiado en escuelas privadas.

Hablaban de cursos que yo jamás había escuchado mencionar.

Yo trabajaba por las tardes en una cafetería.

Después estudiaba.

Dormía cuatro o cinco horas.

Una noche llamé a mamá.

—Voy a dejarlo.

—No.

—No puedo.

—Sí puedes.

—Estoy reprobando anatomía.

—Entonces estudia anatomía.

—No entiendes.

—Claro que entiendo.

—No, mamá. Tú nunca fuiste a la universidad.

Silencio.

En cuanto lo dije quise tragármelo.

Había sido cruel.

Mi madre respondió suavemente:

—Tienes razón. Nunca fui.

Me quedé callada.

—Pero sé bastante sobre querer abandonar algo y levantarse al día siguiente para hacerlo otra vez.

Comencé a llorar.

—Perdóname.

—Te perdono después del examen.

Aprobé.

Con siete.

Mi madre compró un pastel.

—¿Un pastel por un siete?

—Hace una semana ibas a abandonar. Hoy aprobaste. Claro que hay pastel.

Aprendí muchísimo de medicina durante aquellos años.

Pero creo que las lecciones más importantes continuaban llegando desde aquel pequeño apartamento.

Mamá nunca tuvo conocimientos científicos.

Pero entendía la perseverancia mejor que cualquier profesor.

Pasaron tres años.

Yo avanzaba.

Ella seguía trabajando.

Comenzó a adelgazar.

Al principio pensé que era por el cansancio.

Después empezó a toser.

—Ve al médico.

—Trabajo en un hospital. Estoy rodeada de médicos.

—Eso no significa que te revisen.

—Es una gripe.

No era una gripe.

Una tarde me llamaron mientras estaba en clase.

Mamá se había desmayado trabajando.

Cuando llegué a urgencias estaba conectada a varios equipos.

Una compañera de ella me abrazó.

—Elena…

Supe inmediatamente que algo estaba mal.

Las pruebas comenzaron.

Después una biopsia.

Después más estudios.

El diagnóstico fue cáncer.

Avanzado.

Recuerdo al médico hablando.

Pero las palabras parecían venir desde otra habitación.

Metástasis.

Tratamiento.

Pronóstico.

Opciones.

Yo solamente miraba a mi madre.

Ella me miraba a mí.

Cuando el médico salió, dijo:

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Como si ya estuviera muerta.

Comencé a llorar.

—Mamá.

—Todavía estoy aquí.

Los meses siguientes fueron los más difíciles de mi vida.

Quimioterapia.

Hospitalizaciones.

Dolor.

Náuseas.

Pérdida del cabello.

Yo quería abandonar la universidad para cuidarla.

Cuando se lo dije casi me echó de la habitación.

—Ni se te ocurra.

—Te necesito.

—Yo también te necesito graduada.

—Eso puede esperar.

—No.

—Mamá…

—Elena, escúchame.

Me tomó la mano.

—Si abandonas ahora, esta enfermedad habrá quitado dos vidas en lugar de una.

—No digas eso.

—Tengo que decirlo.

—Vas a mejorar.

No respondió.

Las madres también saben cuándo sus hijos están mintiendo para protegerlas.

Continué estudiando.

Pero pasaba todo el tiempo posible con ella.

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