El anillo dentro de la urna: el último mensaje de mi esposo tras cuarenta años de matrimonio

El anillo dentro de la urna: el último mensaje de mi esposo tras cuarenta años de matrimonio

Y el anillo nunca llegó.

Pero tampoco me importaba.

Nuestro matrimonio no fue perfecto.

Hubo una época especialmente difícil cuando Ernesto perdió su empleo.

Estuvo casi un año sin trabajo.

Se volvió silencioso.

Irritable.

Yo trabajé horas extra.

Discutíamos por dinero.

Una noche incluso me dijo:

—Quizá estarías mejor sin mí.

Me enfurecí.

—No vuelvas a decidir por mí qué vida sería mejor.

Nunca olvidó aquella frase.

Años después, cuando discutíamos, me decía:

—No voy a decidir por ti.

Y yo respondía:

—Bien aprendido.

Nos reíamos.

Así éramos.

No perfectos.

Pero juntos.

Cuando se acercaba nuestro aniversario número cuarenta, mis hijos comenzaron a organizar una celebración.

Ernesto se comportaba extraño.

Salía solo.

Hacía llamadas desde el patio.

Una tarde cerró rápidamente una página en la computadora cuando entré en la habitación.

—¿Qué escondes?

—Nada.

—Después de cuarenta años ya sé cuándo mientes.

Sonrió.

—Entonces deja que mienta unos días.

Pensé que preparaba una sorpresa.

Probablemente el famoso anillo.

No pregunté más.

Dos meses antes de nuestro aniversario, Ernesto empezó a sentirse mal.

Cansancio.

Falta de aire.

Dolor en el pecho.

Lo llevé al médico.

Después llegaron análisis.

Más pruebas.

Especialistas.

Y finalmente una palabra que ninguno de los dos estaba preparado para escuchar:

Cáncer.

Avanzado.

Había comenzado en el pulmón y se había extendido.

Ernesto había fumado durante muchos años cuando era joven.

Lo había dejado hacía más de veinte.

Eso no importaba ya.

El oncólogo explicó opciones.

Tratamiento.

Tiempo.

Posibilidades.

Yo escuchaba.

Ernesto preguntó:

—¿Llegaré a mi aniversario?

El médico guardó silencio.

Aquello fue suficiente.

Salimos del hospital.

Nos sentamos dentro del automóvil.

Yo comencé a llorar.

Ernesto me tomó la mano.

—Marta.

—No.

—Escúchame.

—No quiero.

—Tenemos cuarenta años.

—Quiero cuarenta más.

Sonrió con tristeza.

—Yo también.

El tratamiento fue duro.

Nuestros hijos se turnaban para acompañarnos.

Yo dormía poco.

Ernesto perdió peso.

Cabello.

Fuerza.

Pero continuaba haciendo bromas.

Un día, mientras una enfermera preparaba su medicamento, me dijo:

—Parece que al final sí conseguirás descansar de mí.

La enfermera se quedó petrificada.

Yo respondí:

—Como sigas diciendo tonterías te voy a resucitar para matarte yo misma.

Todos reímos.

Pero por la noche llorábamos.

Ernesto murió once días antes de nuestro aniversario número cuarenta.

Estaba en casa.

Tal como quería.

Laura sostenía una mano.

Yo la otra.

Mateo estaba junto a la ventana.

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