Pensé.
Sí.
Dos semanas antes Martín había mencionado crear una sociedad para administrar futuras inversiones como matrimonio.
Había dicho que sería más fácil desde el punto de vista fiscal.
Yo no había firmado nada.
—Tengo los documentos en casa.
Daniel me miró.
—No firmes absolutamente nada.
—No pensaba hacerlo.
—Y no les digas todavía cuánto escuchaste.
Nos quedamos en silencio.
Después dijo:
—¿Quieres irte?
Miré mi vestido.
—Sí.
—Entonces vámonos.
No era tan sencillo.
Martín era mi esposo desde hacía unas horas.
Había invitados.
Habitaciones reservadas.
Fotógrafos.
Familiares.
Pero nada de eso importaba ya.
Entré a la habitación nupcial.
Me cambié.
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