Cerré.
Me miré en el espejo.
Todavía llevaba el velo.
El maquillaje.
El vestido blanco.
Parecía exactamente la mujer que debía estar viviendo una de las noches más felices de su vida.
Pero sentía que acababa de descubrir que los últimos dos años podían ser una mentira.
Saqué mi teléfono.
Llamé a mi hermano, Daniel.
Estaba todavía en el hotel.
—Necesito que vengas al baño del segundo piso.
—¿Estás bien?
—Ven solo.
Llegó cinco minutos después.
Cuando vio mi cara dejó de hacer preguntas.
Le conté lo que había escuchado.
Al principio pensó que quizá había entendido mal.
Después vio cómo temblaba.
—¿Dónde está Martín?
—Con su madre.
—Voy a buscarlo.
Lo agarré del brazo.
—No.
—Claudia…
—Necesito saber qué documentos quieren que firme.
Daniel se calmó.
Mi hermano trabajaba como abogado corporativo.
Aquello terminó siendo una suerte enorme.
—¿Te han dado papeles recientemente?
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