Algo sólido.
Pensé que quizá la funeraria había dejado algún objeto accidentalmente.
Abrí con cuidado.
Vi la pequeña bolsa.
Saqué el anillo.
Era precioso.
Mucho más elegante que mi alianza.
En la parte interior había una inscripción:
“40 vidas contigo no serían suficientes.”
Me llevé una mano a la boca.
Entonces encontré el mensaje.
“Si estás leyendo esto, probablemente vas a pensar que finalmente cumplí mi promesa.
No exactamente.
Este anillo no era para nuestro aniversario.
Era para otra cosa.”
Me quedé inmóvil.
Continué leyendo.
“Hace cuarenta años te prometí que algún día reemplazaría nuestro anillo de bodas.
Nunca lo hice porque comprendí algo.
No quería reemplazarlo.
Ese pequeño aro barato vio nacer a nuestros hijos.
Estuvo contigo cuando enterramos a tu madre.
Cuando perdí el trabajo.
Cuando discutimos.
Cuando viajamos.
Cuando nació Laura.
Cuando Mateo se rompió el brazo.
Cuando llegaron nuestros nietos.
¿Cómo iba a reemplazar eso?”
Comencé a llorar.
“Así que compré otro.
No para sustituir el primero.
Quería entregártelo el día de nuestro aniversario y pedirte que te casaras conmigo otra vez.”
Tuve que dejar la carta.
Durante algunos minutos no pude continuar.
Ernesto había planeado renovar nuestros votos.
Eso explicaba las llamadas.
La computadora.
Las salidas.
Volví al mensaje.
“Sé que probablemente no llegaré.
Y no quiero que conviertas este anillo en una pieza triste que guardes dentro de un cajón.
Quiero pedirte algo.
Llévalo cuando estés preparada.
No como símbolo de que sigues casada con un muerto.
Llévalo para recordar que alguna vez alguien tuvo la enorme suerte de caminar cuarenta años a tu lado.”
Lloré con más fuerza.
Pero la carta todavía no terminaba.
“Y después, Marta, quiero que hagas algo que seguramente vas a odiar.”
Me reí entre lágrimas.
Eso sonaba exactamente como Ernesto.
“Quiero que viajes.
Quiero que uses el dinero de la cuenta que abrí hace diez años.
Sí, esa que no conocías.
Antes de enfadarte, continúa leyendo.”
Me enfadé.
Incluso muerto conseguía hacerlo.
“Cada mes guardé un poco.
No era una fortuna.
Era nuestro viaje.
Pensaba llevarte a Italia después de renovar los votos.
Roma.
Florencia.
Venecia.
Todos esos lugares que llevas treinta años diciendo que quieres conocer.
No quiero que canceles ese viaje porque yo no estoy.”
Negué con la cabeza.
—Idiota.
Lo dije en voz alta.
“Sé exactamente qué estás pensando.
‘No quiero viajar sola’.
Así que habla con Clara.”
Clara era mi hermana.
Continué.
“Ella ya sabe.”
Llamé inmediatamente.
Clara contestó.
—¿Encontraste el anillo?
Me quedé en silencio.
—¿Tú sabías?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace seis meses.
—¿Y no dijiste nada?
—Me hizo prometerlo.
—Los odio a los dos.
Clara comenzó a llorar.
—Él también te quería mucho.
Eso terminó de romperme.
Dos días después mis hijos vinieron a casa.
Les enseñé el anillo.
Laura comenzó a llorar.
Mateo sonrió mirando hacia el techo.
—Papá siempre tenía que hacer algo dramático al final.
—Tu padre no era dramático.
Los dos me miraron.
—Mamá…
—Está bien. A veces.
Entonces les conté lo del viaje.
Laura respondió inmediatamente:
—Tienes que ir.
—No puedo.
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