Durante cuarenta años llevé el mismo anillo de bodas en la mano izquierda. Solo me lo quité dos veces: cuando me operaron y cuando mis dedos se hincharon durante el embarazo de nuestra hija. Por eso, cuando tres semanas después de la muerte de mi esposo abrí la pequeña urna donde guardábamos sus cenizas y encontré otro anillo de oro escondido dentro de una bolsita de terciopelo, sentí que alguien acababa de abrir una puerta que yo creía cerrada para siempre. No era mi alianza. Tampoco reconocía aquella joya.
Junto al anillo había un papel doblado varias veces. Reconocí inmediatamente la letra de Ernesto. Mis manos comenzaron a temblar antes de leer una sola palabra. El mensaje decía: “Marta, si encontraste este anillo, significa que finalmente llegó el momento de contarte por qué nunca pude cumplir la promesa que te hice hace cuarenta años.”
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Mi nombre es Marta.
Tenía sesenta y ocho años cuando Ernesto murió.
Nos conocimos siendo prácticamente unos niños.
Yo tenía veinticuatro.
Él, veintiséis.
Trabajábamos en el mismo hospital.
Yo era auxiliar administrativa y Ernesto reparaba equipos médicos.
No era un hombre de grandes discursos.
La primera vez que me invitó a salir simplemente apareció en mi escritorio y dijo:
—El sábado van a proyectar una película que quiero ver.
Esperé.
—¿Y?
—Necesito alguien que me acompañe.
—¿No tienes amigos?
—Sí, pero ninguno me gusta tanto como tú.
Me reí.
Acepté.
Un año después nos casamos.
No tuvimos una boda espectacular.
Mi vestido era prestado.
La recepción fue en casa de mis padres.
Había cuarenta personas, un pastel demasiado dulce y una orquesta que llegó una hora tarde.
Pero recuerdo aquel día como uno de los más felices de mi vida.
Ernesto me puso un anillo sencillo.
Oro amarillo.
Sin piedras.
Cuando terminamos la ceremonia me susurró:
—Algún día te compraré el que realmente mereces.
Yo le golpeé suavemente el brazo.
—Este es el que quiero.
—No. Cuando cumplamos cuarenta años, te regalaré uno nuevo.
Me reí.
—¿Ya estás seguro de aguantarme tanto?
—Voy a intentarlo.
Aquella promesa se convirtió en una broma durante décadas.
Cada aniversario yo preguntaba:
—¿Cuánto falta para mi anillo?
Y Ernesto respondía:
—Estoy ahorrando.
Tuvimos dos hijos.
Primero Laura.
Después Mateo.
La vida dejó de ser sencilla muy rápido.
Hipoteca.
Escuela.
Enfermedades.
Problemas laborales.
La muerte de nuestros padres.
Adolescentes.
Bodas.
Nietos.
Y el anillo nunca llegó.
Pero tampoco me importaba.
Nuestro matrimonio no fue perfecto.
Hubo una época especialmente difícil cuando Ernesto perdió su empleo.
Estuvo casi un año sin trabajo.
Se volvió silencioso.
Irritable.
Yo trabajé horas extra.
Discutíamos por dinero.
Una noche incluso me dijo:
—Quizá estarías mejor sin mí.
Me enfurecí.
—No vuelvas a decidir por mí qué vida sería mejor.
Nunca olvidó aquella frase.
Años después, cuando discutíamos, me decía:
—No voy a decidir por ti.
Y yo respondía:
—Bien aprendido.
Nos reíamos.
Así éramos.
No perfectos.
Pero juntos.
Cuando se acercaba nuestro aniversario número cuarenta, mis hijos comenzaron a organizar una celebración.
Ernesto se comportaba extraño.
Salía solo.
Hacía llamadas desde el patio.
Una tarde cerró rápidamente una página en la computadora cuando entré en la habitación.
—¿Qué escondes?
—Nada.
—Después de cuarenta años ya sé cuándo mientes.
Sonrió.
—Entonces deja que mienta unos días.
Pensé que preparaba una sorpresa.
Probablemente el famoso anillo.
No pregunté más.
Dos meses antes de nuestro aniversario, Ernesto empezó a sentirse mal.
Cansancio.
Falta de aire.
Dolor en el pecho.
Lo llevé al médico.
Después llegaron análisis.
Más pruebas.
Especialistas.
Y finalmente una palabra que ninguno de los dos estaba preparado para escuchar:
Cáncer.
Avanzado.
Había comenzado en el pulmón y se había extendido.
Ernesto había fumado durante muchos años cuando era joven.
Lo había dejado hacía más de veinte.
Eso no importaba ya.
El oncólogo explicó opciones.
Tratamiento.
Tiempo.
Posibilidades.
Yo escuchaba.
Ernesto preguntó:
—¿Llegaré a mi aniversario?
El médico guardó silencio.
Aquello fue suficiente.
Salimos del hospital.
Nos sentamos dentro del automóvil.
Yo comencé a llorar.
Ernesto me tomó la mano.
—Marta.
—No.
—Escúchame.
—No quiero.
—Tenemos cuarenta años.
—Quiero cuarenta más.
Sonrió con tristeza.
—Yo también.
El tratamiento fue duro.
Nuestros hijos se turnaban para acompañarnos.
Yo dormía poco.
Ernesto perdió peso.
Cabello.
Fuerza.
Pero continuaba haciendo bromas.
Un día, mientras una enfermera preparaba su medicamento, me dijo:
—Parece que al final sí conseguirás descansar de mí.
La enfermera se quedó petrificada.
Yo respondí:
—Como sigas diciendo tonterías te voy a resucitar para matarte yo misma.
Todos reímos.
Pero por la noche llorábamos.
Ernesto murió once días antes de nuestro aniversario número cuarenta.
Estaba en casa.
Tal como quería.
Laura sostenía una mano.
Yo la otra.
Mateo estaba junto a la ventana.
Ernesto abrió los ojos por última vez y me dijo:
—No te olvides de vivir.
—No hables.
—Prométemelo.
—Ernesto…
—Marta.
Asentí llorando.
—Te lo prometo.
Sonrió.
Después cerró los ojos.
Nunca volvió a abrirlos.
Los siguientes días fueron una niebla.
Funeral.
Abrazos.
Flores.
Papeles.
Personas preguntando si necesitaba algo.
Yo respondía:
“Estoy bien”.
No estaba bien.
Cuando llevé sus cenizas a casa, coloqué la urna sobre una mesa junto a una fotografía de nuestra boda.
Mi intención era llevarlas meses después al lugar donde habíamos pasado nuestra luna de miel.
Ernesto siempre decía que quería descansar allí.
Pero durante semanas no pude tocar la urna.
Hasta aquel domingo.
Quería moverla para limpiar.
Escuché algo dentro.
No cenizas.
Algo sólido.
Pensé que quizá la funeraria había dejado algún objeto accidentalmente.
Abrí con cuidado.
Vi la pequeña bolsa.
Saqué el anillo.
Era precioso.
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