Le presté mi teléfono.
La escuché explicar.
Su voz temblaba.
Yo estaba a su lado.
Los agentes llegaron.
Tomaron fotografías de la muñeca y el labio.
Le hicieron preguntas.
Daniela contó lo sucedido.
Uno de ellos preguntó si había ocurrido antes.
—No así.
Después lo pensó.
—Pero sí.
Esa respuesta se quedó conmigo.
“No así, pero sí.”
Porque muchas veces esperamos a que ocurra algo extremo para considerar grave una situación que lleva meses escalando.
Esa misma madrugada Esteban comenzó a llamar a mi teléfono.
La primera llamada fue a la una y ocho.
Después otra.
Y otra.
No contestamos.
Llegaron mensajes.
“Necesito hablar con Daniela.”
“Esto fue un malentendido.”
“Ella está exagerando.”
“Ricardo, eres un hombre razonable. No te metas entre nosotros.”
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