Esteban exigió saber para qué era.
Daniela dijo la verdad.
—Para irme.
Él bloqueó la puerta.
Le quitó el teléfono.
Ella intentó pasar.
La agarró.
Daniela gritó.
Él la empujó contra un mueble.
No cayó.
Pero en ese momento algo cambió.
Esteban fue al dormitorio.
Daniela aprovechó.
Salió corriendo.
Sin zapatos.
Sin teléfono.
Sin nada.
Cinco kilómetros después estaba en mi porche.
Mi primer impulso fue levantarme.
Agarrar las llaves.
Ir hasta aquella casa.
No sé exactamente qué habría hecho.
Y eso fue precisamente lo que me asustó.
Daniela vio mi cara.
—Papá, por favor.
Me senté otra vez.
Respiré.
—¿Quieres llamar a la policía?
Tardó.
—Sí.
Eso hicimos.
No yo.
Ella.
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