—Quiero saber todo.
Teresa negó con la cabeza.
—Ramón…
—Todo.
Y entonces apareció una segunda verdad.
Teresa confesó que Mariana había intentado comunicarse con Daniel varias veces durante los primeros meses.
Había llamado a la casa.
Había enviado cartas.
Incluso había acudido personalmente a las oficinas familiares.
Teresa interceptó las llamadas.
Hizo devolver 2 cartas.
Y cuando Mariana se presentó en recepción con 6 meses de embarazo, Teresa ordenó que seguridad no la dejara subir.
Daniel palideció.
—¿Ella estuvo en la empresa?
Teresa asintió.
—Sí.
Mariana sintió que regresaba a aquella mañana.
Recordó el peso de los 4 bebés, el dolor en la espalda, el guardia que evitaba mirarla directamente.
Recordó haber permanecido casi 2 horas sentada frente al edificio esperando que Daniel bajara.
Nunca bajó.
Durante años creyó que él sabía que estaba allí.
Ahora entendía que ni siquiera había recibido el mensaje.
Daniel se sentó.
Por primera vez, su rabia desapareció.
Solo quedó vergüenza.
—¿Por qué dejaste de buscarme? —preguntó.
Mariana lo miró incrédula.
—Porque estaba embarazada de 4 bebés y necesitaba sobrevivir.
Nadie dijo nada.
—No podía gastar mi embarazo persiguiendo a un hombre que había firmado un divorcio y cambiado de teléfono. Llegó un momento en que tenía que elegir entre seguir golpeando una puerta cerrada o preparar una vida para mis hijos.
Daniel bajó la cabeza.
—Elegí a mis hijos.
Mateo, que había escuchado parte de la conversación, caminó hacia su madre.
—¿Estuviste sola cuando nacimos?
Mariana sonrió con tristeza.
—No completamente. Estaban sus abuelos, su tía Laura, médicos maravillosos… había personas que nos querían.
—Pero él no estaba.
Mariana miró a Daniel.
—No.
Daniel se levantó lentamente.
—¿Puedo decirles algo?
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