La comida quedó intacta durante casi una hora.
El bacalao se enfrió. El ponche dejó de humear. Nadie volvió a colocar música.
Los 4 niños se refugiaron cerca de una ventana con Laura, la hermana de Mariana, que había llegado en otro automóvil y esperaba afuera por si la situación se complicaba.
Mariana había aprendido hacía años que nunca debía entrar desprotegida a un lugar donde Daniel y su familia controlaban todas las reglas.
Ximena fue la primera en romper el silencio.
—Me dijiste que nunca habías tenido hijos.
Daniel se pasó ambas manos por el rostro.
—Porque creía que no los tenía.
—No. Creías que probablemente no los tenías. Es distinto.
Daniel levantó la vista.
Ximena señaló a los niños.
—Sabías que Mariana estaba embarazada cuando te fuiste.
—Sí.
—¿Y jamás verificaste nada?
—No.
Aquella respuesta acabó con lo poco que quedaba de su defensa.
Ximena dejó el anillo sobre la mesa.
—No puedo aceptar una propuesta de matrimonio hoy.
Daniel no intentó detenerla.
Quizá entendió que había pasado demasiados años huyendo de las consecuencias de sus decisiones y que, por primera vez, debía permitir que alguien más decidiera qué hacer con él.
Cuando Ximena salió, Teresa empezó a llorar.
—Todo esto es culpa mía.
—No conviertas tu culpa en otra manera de ser el centro de la historia —dijo Mariana.
Teresa levantó la mirada.
Mariana permanecía junto a sus hijos.
—Tú hiciste algo imperdonable. Fabricaste pruebas y destruiste una familia porque pensabas que yo no pertenecía a la tuya. Pero Daniel era un adulto. Tu mentira solo funcionó porque él decidió no hacer una sola pregunta más.
Daniel asintió.
—Tiene razón.
Ramón caminó hacia su esposa.
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