—Seguro que le encantará —respondí.
Las palabras me salieron con más esperanza que seguridad.
Mercedes no había mostrado entusiasmo por casi nada desde que nos mudamos a Querétaro por el trabajo de Sergio.
Cuando él le contó que yo era maestra, ella respondió:
—Bueno, supongo que alguien tiene que cuidar a tantos niños.
Lo dijo como si enseñar a leer, acompañar a un pequeño con dificultades o ayudar a una familia fuera un trabajo sin importancia.
Mis padres vivían lejos y no podían viajar para cada cumpleaños.
Aun así, habían enviado un paquete que llegó tres días antes, con instrucciones escritas en letras grandes: “NO ABRIR HASTA EL CUMPLEAÑOS”.
Mi hermana Natalia, que vivía en Madrid, había planeado venir, pero un problema con su vuelo se lo impidió.
Esa mañana llamó por video y cantó cumpleaños feliz mientras Lucía desayunaba tortitas con forma de mariposa.
Cuando la niña salió para buscar sus zapatos, Natalia bajó la voz.
—No permitas que Mercedes arruine el día.
—Es la madre de Sergio. Tengo que intentar mantener la paz.
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