Los labios de Renata Cárdenas comenzaron a ponerse morados.

Los labios de Renata Cárdenas comenzaron a ponerse morados.

Los labios de Renata Cárdenas comenzaron a ponerse morados.

La joven de 19 años se llevó ambas manos al cuello mientras intentaba respirar. Sus ojos se abrieron con terror y su cuerpo cayó de rodillas junto a la mesa.

Durante un instante, nadie entendió qué estaba ocurriendo.

La cena privada se celebraba en uno de los restaurantes más exclusivos de Polanco, en Ciudad de México. Alrededor de aquella mesa había empresarios, abogados y hombres de seguridad que no estaban acostumbrados a escuchar un “no”.

En la cabecera estaba Gael Cárdenas, hermano mayor de Renata.

A sus 35 años, Gael era un hombre al que muchos trataban con respeto y otros con miedo. Había heredado negocios familiares, propiedades y una red de relaciones demasiado oscuras para aparecer en los periódicos.

Pero al ver a su hermana desplomarse, todo aquel poder dejó de servirle.

—¡Renata!

Ella intentó responder.

No pudo.

Un guardia sacó el teléfono. Otro gritó que llamaran una ambulancia.

Entonces una mesera soltó su charola y corrió hacia la joven.

—Está entrando en choque anafiláctico.

Todos voltearon.

Mariana Ortega llevaba 14 horas trabajando. Tenía el cabello recogido a toda prisa, el uniforme arrugado y los pies hinchados dentro de unos zapatos baratos.

Minutos antes, uno de aquellos hombres le había ordenado que desapareciera porque “estorbaba”.

Ahora estaba de rodillas junto a Renata.

Efraín, uno de los guardaespaldas, intentó apartarla.

—¡No la toque!

Mariana no retrocedió.

—Si me quita de aquí, puede morir antes de que llegue la ambulancia.

Efraín llevó una mano cerca de su chaqueta.

Gael lo vio.

—Baja la mano.

—Señor…

—¡Déjala trabajar!

Mariana revisó a Renata. Tenía erupciones rojas en el cuello, los párpados hinchados y cada vez entraba menos aire.

—¿Es alérgica a algún alimento?

Gael tragó saliva.

—A las nueces. Siempre carga medicamento.

—¿Dónde está su BOLSA?

Encontraron el bolso debajo de una silla. Mariana lo abrió y sacó 2 autoinyectores.

Las manos que minutos antes temblaban de cansancio mientras cargaban copas se volvieron firmes.

Demasiado firmes para una simple mesera.

—Sujétenla con cuidado.

Gael obedeció sin preguntar.

Mariana aplicó el medicamento y mantuvo despejada la vía respiratoria mientras daba órdenes precisas.

—Llamen al 911. Digan que es una reacción anafiláctica grave y que ya recibió una dosis. Que alguien espere a los paramédicos en la entrada.

Los hombres comenzaron a moverse.

Por primera vez aquella noche, todos obedecían a la mujer que minutos antes había sido invisible.

Renata consiguió tomar un poco más de aire. El color de sus labios empezó a mejorar.

—Está respirando… —murmuró Gael.

—Todavía no estamos fuera de peligro.

Menos de 2 minutos después, Renata volvió a llevarse las manos al cuello.

Su respiración se cerró otra vez.

—No… —dijo Gael.

Mariana tomó el segundo autoinyector.

—Está teniendo una segunda reacción.

—¿Puede salvarla?

Mariana lo miró. En ese momento, Gael ya no parecía un hombre temido.

Parecía solamente un hermano aterrado.

—Voy a intentarlo.

Aplicó la segunda dosis y sostuvo a Renata mientras esperaban.

Finalmente se escuchó una sirena.

Los paramédicos entraron corriendo. Uno de ellos, un joven llamado Tomás, vio a Mariana y frenó de golpe.

—¿Licenciada Ortega?

Mariana palideció.

—Tomás…

Gael levantó la mirada hacia él.

Tomás dio un paso directo hacia Mariana.

parte2

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