Podían sobrevivir.
La doctora colocó el rastreador sobre una mesa.
—Esto no parece un aparato doméstico común —dijo.
Un técnico pudo recuperar un código interior que no había sido borrado.
Ese código estaba vinculado con un centro privado situado al norte de la zona donde habíamos encontrado la caja.
La perra aparecía registrada únicamente como C-17.
No había nombre.
Solo un número.
Según los documentos disponibles, tenía unos tres años y había sido utilizada en pruebas de orientación y detección de olores.
El registro indicaba que había salido del recinto nueve días antes.
Mateo miró a la doctora.
—¿Nueve días?
Ella asintió.
Los cachorros también tenían aproximadamente nueve días.
Alguien sabía que aquella perra estaba cerca de dar a luz.
La clínica contactó con el número asociado al registro.
Un hombre respondió.
La doctora explicó que habían encontrado viva a C-17 junto con cinco cachorros recién nacidos.
Hubo un silencio.
Después preguntó cuándo podían recogerla.
La doctora respondió que la perra no podía salir todavía y que, antes de entregarla, necesitaban aclarar las condiciones en las que había aparecido.
El tono del hombre cambió.
Insistió en que tanto la perra como los cachorros debían regresar.
La doctora preguntó por qué el código exterior del rastreador había sido raspado.
El hombre no respondió.
Terminó la llamada.
Más tarde aparecieron dos trabajadores del centro.
Uno llevaba un instrumento de manejo para animales.
La madre estaba detrás de un cristal, conectada a líquidos.
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