Mi papá lo miró.
—¿Y tú de qué presumes? Sigues arreglando carros.
Daniel respiró despacio. Luego me miró.
Yo entendí esa mirada. Me estaba pidiendo permiso para dejar de ocultar lo que habíamos construido.
Asentí.
Él volvió a mirar a mi papá.
—Sí. Arreglo carros.
Roberto sonrió con superioridad.
Daniel continuó:
—También soy dueño de Talleres Ramírez.
—De la mitad —corrigió mi papá.
—De todo. Compramos la parte de mi socio en septiembre.
Valeria abrió la boca.
Mi mamá levantó la mirada.
Daniel siguió:
—Y la semana pasada firmamos la compra de una segunda sucursal en Constituyentes.
Nadie respiró.
—¿Segunda sucursal? —preguntó Valeria.
—12 bahías, terreno propio, contratos con flotillas y equipo nuevo —dijo Daniel.
Mi papá perdió el color.
—¿Con qué dinero?
Daniel sonrió apenas.
—Con el nuestro.
Entonces Rodrigo soltó una risa corta.
—Lo más irónico es que Daniel me ofreció trabajo ayer.
Valeria giró hacia él.
—¿Qué?
—La nueva sucursal necesita alguien para manejar cuentas comerciales. Daniel sabe que llevo 11 años en ventas corporativas.
Mi papá apretó la mandíbula.
—¿Vas a trabajar en un taller?
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