La sala quedó en silencio absoluto.
Mi padre abrió los ojos, incrédulo. Daniel nunca le había hablado así. No por miedo, sino por respeto a mí. Pero ese respeto ya no incluía permitir abusos.
—¿Vas a dejar que tu marido me corra? —me preguntó mi papá.
—Tú me corriste primero —dije—. Y dijiste que serían más felices sin nosotros.
—No seas dramática. Sabías que no lo decía en serio.
—Lo dijiste frente a mi hijo.
Mi mamá susurró:
—Roberto, discúlpate.
Él giró hacia ella como si lo hubiera traicionado.
—¿Disculparme por decir la verdad?
Rodrigo se levantó entonces.
—A mí también me gustaría escuchar una disculpa.
Mi papá frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Hoy me llamaste mantenido delante de mi hija.
Valeria dejó el cuchillo del pan sobre la mesa.
—Y le dijiste a Camila que nunca se casara con un hombre que no pudiera conservar un puesto.
Mi papá se defendió con la frase que siempre usaba:
—Ya no aguantan nada.
Daniel cruzó los brazos.
—Qué cómodo decir eso después de herir a todos.
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