La obligaron a quitarse la camisa ante todos, pero tres cicatrices hicieron arrodillarse al general

La obligaron a quitarse la camisa ante todos, pero tres cicatrices hicieron arrodillarse al general

—Sombra Negra —susurró.

Los reclutas más cercanos dejaron de reír.

El nombre no figuraba en manuales ni documentos públicos.

Era una historia que circulaba en los pasillos, casi siempre de noche. Se hablaba de una unidad sin registros, enviada a lugares donde ninguna operación podía ser reconocida.

Rojas tomó el parche de las manos del teniente.

—No vamos a creer cuentos por un pedazo de tela.

Elena metió dos dedos bajo la manga y sacó un pequeño broche metálico.

Tenía el mismo símbolo.

La superficie estaba rayada y una esquina aparecía quemada.

Lo colocó en la palma de Ruiz.

El teniente palideció.

—¿Dónde consiguió esto?

—Me lo entregaron el día que entré en la unidad.

—Sombra Negra fue disuelta hace años.

—Eso dijeron.

La respuesta cayó como una piedra.

A pocos metros, dos oficiales observaban la escena desde la sombra de una carpa.

Uno de ellos era el comandante Sergio Rivas, un hombre de cuarenta años que consideraba cualquier duda una muestra de debilidad.

A su lado estaba la capitana Clara Beltrán.

Llevaba el uniforme impecable, el cabello recogido y las botas tan limpias que reflejaban la luz.

—Esa mujer está poniendo a prueba la seguridad de la base —dijo Rivas—. Debemos detenerla.

El teniente Ruiz se giró hacia ellos.

—Señor, conoce información reservada.

—Eso la hace más peligrosa, no más creíble.

Elena recuperó el broche.

El comandante Rivas hizo una señal.

Dos soldados se acercaron y le quitaron la bolsa.

Ella no se resistió.

—Vamos a comprobar qué escondes —dijo Beltrán.

Abrieron la bolsa sobre una mesa.

Sacaron el táper metálico.

Las vendas.

La sal.

La cantimplora.

Una muda de ropa doblada.

Y una fotografía antigua que la capitana no llegó a desplegar.

—¿Dónde están tus documentos? —preguntó.

—No tengo.

—¿Tu teléfono?

—No llevo.

—¿Armas?

—Tampoco.

Beltrán levantó el táper.

—¿Qué hay aquí?

—Comida.

La capitana lo abrió.

Dentro había un trozo de tortilla, pan envuelto en tela y una manzana pequeña.

Algunos reclutas se rieron otra vez.

—La gran agente secreta ha venido con su bocadillo —dijo uno.

Elena lo miró.

No había rabia en su expresión.

Solo cansancio.

El comandante Rivas ordenó que la llevaran al patio central.

Al mediodía, el sol caía con fuerza sobre Valdemora.

Colocaron a Elena delante de un grupo de soldados y apoyaron detrás de ella una tabla improvisada. Alguien escribió la palabra “IMPOSTORA” para convertir el interrogatorio en un espectáculo.

La capitana Beltrán se dirigió a todos.

—Esta persona ha entrado sin autorización, lleva un uniforme sin identificación y afirma pertenecer a una unidad de la que no existe constancia oficial.

Elena permaneció inmóvil.

Beltrán arrancó el parche del pecho de su chaqueta.

—La costura no coincide con las insignias actuales.

—Porque no es actual —dijo Elena.

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