Nico se levantó.
—Maestra, Diego no está mintiendo.
Patricia giró hacia él.
—Siéntate, Nicolás, o irás con él.
Nico se sentó, pero no bajó la mirada.
Diego recogió su mochila.
Cuando llegó a la puerta, escuchó la frase que nunca olvidaría.
—Que esto les sirva de lección —dijo la maestra—. La honestidad vale más que aparentar lo que uno no es.
Diego salió.
El pasillo parecía más largo que nunca.
Cada paso le pesaba.
Quiso escribirle a su papá.
Quiso llamarlo.
Quiso decirle: “Ven rápido”.
Pero también pensó en todas las veces que su papá había regresado cansado, con la mirada apagada, y aun así le preguntaba por la tarea.
No quería preocuparlo.
No quería parecer débil.
En la dirección, la directora Elena Robles estaba al teléfono.
Hablaba con voz baja, pero tensa.
Al ver a Diego por la ventana, levantó las cejas como si lo reconociera de inmediato.
Le hizo una seña para que esperara.
El subdirector, el señor Ramírez, lo recibió.
Era un hombre de unos cincuenta años, camisa clara, bigote recortado y una paciencia que muchas veces parecía cansancio.
—Siéntate, Diego.
El niño se sentó en una silla demasiado grande.
Sus pies apenas tocaban el suelo.
—La maestra Soler dice que interrumpiste la clase y te negaste a corregir información falsa.
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