—No interrumpas.
Al fondo, algunos padres se miraron incómodos.
La madre de Mateo, una abogada seria, frunció el ceño.
El chef dejó de acomodar sus cosas.
Nico apretó los puños bajo el pupitre.
Patricia continuó:
—Diego quiere que creamos que su papá es un general de alto rango. Pero su padre está registrado como empleado público. Y todos sabemos que eso es muy diferente.
—Mi papá pone eso por seguridad —dijo Diego.
La maestra soltó una carcajada breve.
—¿Por seguridad? ¿Ahora también hay secretos?
Algunos niños rieron, más por nervios que por burla.
Diego sintió que las lágrimas se le juntaban.
—Mi papá no me crio para mentir.
El salón se quedó en silencio.
Patricia se puso roja.
—¿Qué dijiste?
Diego respiró como pudo.
—Que mi papá no me crio para mentir.
La maestra arrancó la hoja de sus manos.
—Suficiente.
Y la rompió.
Una vez.
Dos.
Tres.
Los pedazos quedaron en el suelo.
Diego miró los trozos como si fueran algo vivo.
—Vas a ir a la dirección —dijo Patricia—. Y cuando regreses, pedirás disculpas.
—No tengo que pedir disculpas por decir la verdad.
—Dirección. Ahora.
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