Su proyecto podía salvar vidas.
Tenían que verlo.
Cuando Víctor Armenta llegó a su mesa, las cámaras lo siguieron como si fuera un rey.
Era alto, impecable, con traje oscuro y reloj brillante.
Lucía se enderezó.
—Buenas tardes, señor Armenta. Soy Lucía Morales. Mi proyecto se llama ALMA.
Él apenas miró el dispositivo.
—¿Y qué hace esta cajita?
El tono hizo reír a algunas personas cercanas.
Lucía respiró hondo.
—Predice emergencias médicas antes de que ocurran. Analiza cambios en signos vitales y hábitos, y alerta cuando detecta riesgo.
Víctor levantó las cejas.
—¿Tú hiciste esto?
—Sí.
—¿Tú sola?
—Sí, señor.
—¿Y de dónde sacaste el código?
Lucía se quedó quieta.
—Lo escribí yo. Aprendí con libros de la biblioteca y cursos gratuitos.
Víctor sonrió, pero ya no era una sonrisa amable.
Era una sonrisa peligrosa.
—Eso es imposible.
Las cámaras se acercaron.
—Puedo demostrarlo —dijo Lucía—. Tengo pruebas, registros de desarrollo y simulaciones.
—Niña —la interrumpió él—, este nivel de programación no lo hace alguien de secundaria con una computadora prestada.
Lucía sintió que la cara le ardía.
Él miró su ropa.
Sus zapatos.
Su mochila.
Y luego miró a las cámaras.
—Este concurso premia honestidad y talento real. No podemos permitir que se presenten trabajos copiados.
—No copié nada —dijo Lucía.
Pero su voz salió pequeña.
Víctor tomó el diploma que la acreditaba como finalista.
Lo levantó para que todos lo vieran.
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