Como si el amor necesitara facturas falsas.
El jueves convoqué una reunión extraordinaria en la sala de cristal de la empresa. Mis papás tenían el otro 48% de acciones.
Llegaron envejecidos, callados, derrotados.
Sofía entró con blusa blanca, pantalón beige y cara de mártir. Diego llegó al final, impecable, con traje gris y esa seguridad que usaba para cerrar contratos grandes.
La abogada corporativa colocó una carpeta sellada frente a cada silla.
Diego se inclinó hacia mí.
—Hoy vas a perder a tu esposo y a tu familia completa.
Encendí la pantalla principal.
—No, Diego. Hoy voy a descubrir quién de verdad era mi familia.
Y puse el primer video.
PARTE 3
El estacionamiento apareció en la pantalla gigante de la sala de juntas.
Diego y Sofía, abrazados junto a la camioneta. Luego el beso. Luego mi figura entrando al cuadro. Luego la boca de Sofía formando esa frase que nadie necesitó escuchar para entender.
Mi mamá bajó la mirada.
Sofía empezó a llorar antes de que terminara el video.
—Eso fue sacado de contexto —dijo Diego—. No prueba nada de la empresa.
—Tienes razón —respondí—. Por eso traje lo demás.
Pasé a la siguiente diapositiva.
Facturas de hoteles en Valle de Bravo cargadas como “visitas a proveedores”. Cenas en Polanco registradas como “evaluación gastronómica para bodas premium”. Depósitos a Suministros del Bajío. Reembolsos autorizados con mi firma. Correos donde Diego pedía “discreción” y Sofía respondía: “Mi hermana nunca revisa esa parte”.
Mi papá abrió la carpeta con manos pesadas.
Mi madre no dejaba de mirar a Sofía.
—Dime que esto no es cierto —le pidió.
Sofía se limpió las lágrimas con cuidado, sin arruinarse el maquillaje.
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