Le explicó la operación, la información equivocada, los 50 m, el collar y las noches en que repasaba coordenadas intentando descubrir un error que ningún informe había encontrado.
Álvaro escuchó hasta el final.
—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó ella—. Durante años pensé que si hubiera sido mejor, los habría traído de vuelta.
—Eso no es responsabilidad. Es castigo.
—Se parece bastante.
—No.
Álvaro negó con la cabeza.
—La responsabilidad sirve para aprender. El castigo solo sirve para mantenerte encerrada dentro del peor minuto de tu vida.
Elena lo miró.
—Hablas como si supieras algo de eso.
Álvaro sonrió tristemente.
—Por algo estoy aquí.
La caída de las escaleras nunca había sido un simple accidente.
2 años antes, Álvaro había dirigido una misión donde murieron 3 hombres de su equipo.
El objetivo se cumplió.
El informe habló de éxito operativo.
A él únicamente le quedaron 3 funerales y un ascenso que rechazó poco después.
Había abandonado el servicio activo, pero no lo ocurrido.
Dormía mal.
Bebía demasiado algunas noches.
Y la madrugada de su caída había intentado bajar las escaleras después de terminar una botella que ni siquiera recordaba haber abierto.
—No intentaba hacerme daño —dijo—. Pero tampoco estaba intentando cuidarme.
Elena comprendió perfectamente la diferencia.
—¿Y ahora?
—Ahora un perro acaba de desenmascarar a 2 personas en un mismo día.
Ella sonrió.
Fue una sonrisa pequeña.
Pero era real.
Cuando regresaron al control de enfermería, Salcedo estaba allí.
El ambiente había cambiado.
Todos habían escuchado diferentes versiones de lo ocurrido.
Salcedo fue el único que pareció molesto por algo que no podía controlar.
—Así que también sabes manejar perros policiales.
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