Álvaro añadió:
“Sería bonito ver cómo le trató la vida real al becado.”
Varios mandaron caritas riendo.
Uno de ellos, Pablo, leyó el mensaje y no se rió.
Pablo había sido parte del grupo de Álvaro en el colegio. Había callado muchas veces. Demasiadas.
Esa noche, hizo una captura de pantalla.
Y se la envió a Nicolás.
No escribió mucho.
Solo:
“Perdón por no haber hecho nada antes. Pensé que debías saber esto.”
Nicolás recibió el mensaje en su oficina, a las once y media de la noche.
Estaba en la planta treinta y dos de un edificio moderno, con la ciudad encendida bajo sus pies.
Leyó la captura.
“Veinte euros a que llega en sudadera y en autobús.”
No sintió rabia.
Eso fue lo que más le sorprendió.
Sintió algo más frío.
Más limpio.
Como cuando uno cierra una puerta que lleva años crujiendo.
A la mañana siguiente respondió a la invitación.
“Iré.”
Solo eso.
La reunión se celebró en un club privado a las afueras de la ciudad.
Terraza amplia.
Copas caras.
Mesas con manteles blancos.
Camareros con bandejas.
Cuarenta y siete antiguos alumnos reunidos para fingir que el tiempo no había pasado.
Álvaro llegó temprano.
Llevaba traje gris, reloj vistoso y la sonrisa de quien espera aplausos.
Clara, a su lado, saludaba con educación.
—¿Vendrá ese Nicolás del que hablaste? —preguntó ella.
Álvaro fingió pensar.
—No creo. Ese tipo de gente prefiere no aparecer cuando no le ha ido bien.
—¿Ese tipo de gente?
—Ya sabes. Gente que prometía mucho.
Clara no contestó.
Algo en la frase le sonó feo.
Leave a Comment