Desde su despacho, una responsable veterana de personal había visto toda la escena. Cerró la puerta, tomó el teléfono y llamó a Mercedes.
No sabía exactamente qué estaba sucediendo.
Pero sabía que alguien había cometido un error grave.
Minutos después, el teléfono de Natalia vibró.
Era una llamada del equipo jurídico del consorcio.
—Señora Serrano, la transferencia de participaciones ha quedado formalizada —informó una voz—. Desde este momento, usted es la presidenta legal del consejo de la división iberoamericana. El anuncio se realizará esta tarde.
Natalia se detuvo frente a una fotografía antigua.
En ella, su abuelo estrechaba la mano del fundador del grupo durante la apertura de la primera oficina. Había visto aquella imagen muchas veces en casa cuando era niña.
Para otros, era una pieza decorativa.
Para ella, era una promesa.
—Esperaré hasta la reunión —respondió—. Antes quiero saber quién merece seguir después de la reestructuración.
La persona al otro lado guardó silencio.
Luego dijo:
—Entendido.
Al mediodía, el ambiente se volvió más relajado. Había comida, bebidas y conversaciones ruidosas. Algunos empleados actuaban como si la oficina fuera una fiesta privada.
Natalia permaneció junto a la mesa de aperitivos, bebiendo agua.
Había cambiado la blusa por otra que Mercedes guardaba en su despacho, pero una mancha tenue seguía visible cerca del cuello. Su cabello continuaba recogido.
Javier se acercó con otro vaso de refresco.
—Mira quién sigue aquí —dijo—. Pensé que habrías entendido la indirecta.
Natalia dejó el vaso de agua sobre la mesa.
—La entendí perfectamente.
La sonrisa de Javier se ensanchó.
—Entonces quizá necesitas otra explicación.
Antes de que nadie reaccionara, inclinó el vaso.
El refresco cayó por segunda vez sobre la blusa de Natalia, su cabello y su rostro.
La sala quedó inmóvil.
Luego estallaron nuevas risas.
Más duras.
Más crueles.
—Ahora sí parece que ha salido del almacén —murmuró alguien.
—Qué buena capacidad de adaptación —dijo otro.
Natalia permaneció quieta.
El líquido le bajó por la barbilla. Sus ojos se enrojecieron, pero no lloró.
Miró directamente a Javier.
Él siguió riendo durante unos segundos.
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