No necesitaba defenderse todavía.
Cada página de aquella carpeta contenía cifras, evaluaciones y decisiones capaces de cambiar la carrera de quienes se burlaban de ella. Sin embargo, lo que más le interesaba no estaba escrito allí.
Lo estaba viendo con sus propios ojos.
Al llegar a la escalera, encontró a varios becarios reunidos en el descansillo.
Uno de ellos, delgado y con una sonrisa arrogante, lanzó una servilleta arrugada a sus pies.
—Se te ha caído algo.
Otro señaló el papel.
—Recógelo, señora de la limpieza.
Las carcajadas rebotaron contra las paredes.
Natalia miró la servilleta.
Luego miró a los jóvenes.
Se agachó, la recogió y la guardó en el bolsillo con un movimiento lento.
—Gracias por avisarme.
Su calma cayó sobre el grupo como una puerta cerrándose.
El muchacho dejó de sonreír.
Natalia subió sin apresurarse.
Detrás de ella, un responsable de mantenimiento que había presenciado la escena anotó los nombres de los becarios en su libreta. No sabía quién era Natalia, pero sí sabía que aquello estaba mal.
Y esa diferencia acabaría siendo importante.
La sala principal de reuniones estaba vacía cuando Natalia entró.
Una larga mesa de madera ocupaba el centro. A través de los ventanales se extendían los edificios de Madrid, grises y brillantes bajo la luz del mediodía.
Natalia dejó la carpeta sobre la mesa.
Durante un momento, observó la ciudad.
No estaba pensando en el refresco seco sobre su piel.
Tampoco en las risas.
Pensaba en los datos que había revisado durante meses: rotación de personal demasiado alta, bajas frecuentes, quejas sin resolver, buenos empleados que se marchaban y jefes mediocres que ascendían porque sabían agradar a la persona correcta.
La compañía ganaba dinero.
Pero por dentro comenzaba a pudrirse.
Ella había sido enviada para corregirlo.
Y ya sabía por dónde empezar.
—Esta sala es solo para dirección.
La voz de Verónica rompió el silencio.
Estaba en la puerta, con un vestido rojo y una carpeta fina entre las manos. Su expresión intentaba ser firme, pero había cierta inseguridad en sus ojos.
—La sala de formación está junto a las fotocopiadoras —continuó—. Deberías aprender dónde corresponde estar a cada uno.
Natalia se volvió.
Durante un segundo, ninguna de las dos se movió.
—Debí leer mal el horario —respondió Natalia.
La frase era amable.
La mirada no.
Verónica sostuvo la sonrisa con esfuerzo.
—Pues procura que no vuelva a ocurrir.
Giró sobre sus tacones y se marchó.
Natalia tomó la carpeta y salió detrás de ella.
Al pasar frente al departamento de personal, vio una lista de nuevas incorporaciones clavada en un tablón. Su nombre aparecía escrito a mano al final, como si alguien lo hubiera añadido a última hora.
Un auxiliar del departamento la descubrió observando.
—Tú eres la de formación, ¿verdad? —preguntó—. Esa lista es para empleados de verdad.
Varias cabezas se levantaron por encima de los separadores.
—Ya te prepararemos una acreditación adecuada —añadió—. Quizá el mes que viene.
Hubo risas dispersas.
Natalia rozó el borde del documento con los dedos.
Después lo desclavó, lo dobló con cuidado y lo guardó en el bolso.
—Me quedaré con esto.
El auxiliar dejó de sonreír.
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