—Predice emergencias médicas antes de que ocurran. Analiza cambios en signos vitales y hábitos, y alerta cuando detecta riesgo.
Víctor levantó las cejas.
—¿Tú hiciste esto?
—Sí.
—¿Tú sola?
—Sí, señor.
—¿Y de dónde sacaste el código?
Lucía se quedó quieta.
—Lo escribí yo. Aprendí con libros de la biblioteca y cursos gratuitos.
Víctor sonrió, pero ya no era una sonrisa amable.
Era una sonrisa peligrosa.
—Eso es imposible.
Las cámaras se acercaron.
—Puedo demostrarlo —dijo Lucía—. Tengo pruebas, registros de desarrollo y simulaciones.
—Niña —la interrumpió él—, este nivel de programación no lo hace alguien de secundaria con una computadora prestada.
Lucía sintió que la cara le ardía.
Él miró su ropa.
Sus zapatos.
Su mochila.
Y luego miró a las cámaras.
—Este concurso premia honestidad y talento real. No podemos permitir que se presenten trabajos copiados.
—No copié nada —dijo Lucía.
Pero su voz salió pequeña.
Víctor tomó el diploma que la acreditaba como finalista.
Lo levantó para que todos lo vieran.
—Esto es lo que pasa cuando bajamos los estándares.
Y lo rompió.
El sonido del papel partido se le quedó clavado a Lucía en el pecho.
Una mitad cayó junto a sus zapatos.
La otra quedó en la mano del hombre que acababa de destruirla frente a millones.
Lucía se agachó para recoger los pedazos.
El borde del papel le cortó un dedo.
Una gota de sangre cayó sobre su nombre.
Lucía Morales.
Finalista.
Ya no.
Esa noche, en casa, su abuela quiso abrazarla, pero Lucía no pudo.
Se encerró en el cuarto.
No porque odiara a su abuela.
Sino porque si alguien la tocaba con ternura, se iba a romper de verdad.
Al día siguiente, la esperaban afuera de la secundaria.
Una reportera joven, con una grabadora en la mano y el cabello recogido de cualquier manera.
—Lucía Morales, soy Irene Vázquez. Trabajo para un diario digital. ¿Puedo hacerte unas preguntas?
—No.
—La gente está hablando del video.
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