El taxista llevó a una embarazada al hospital, pero al día siguiente un motociclista apareció con algo inesperado

El taxista llevó a una embarazada al hospital, pero al día siguiente un motociclista apareció con algo inesperado

La sonrisa desapareció.

—¿Señora? ¿Está bien?

Ella bajó la mirada, luego lo miró a él con los ojos abiertos de miedo.

—Creo… creo que se me rompió la fuente.

Manuel parpadeó.

—¿Ahora?

—Sí. Ay, Dios mío. La niña… la niña viene.

Por un segundo, Manuel no supo qué hacer.

Solo fue un segundo.

Luego reaccionó.

—No baje. Quédese sentada. La llevo al hospital.

—Pero mis bolsas…

—Olvídese de las bolsas. Primero usted y la bebé.

Manuel cerró la cajuela, volvió al volante y encendió el coche.

—¿A qué hospital la llevo?

Ella le dio el nombre de una clínica cercana, una de esas donde muchas mujeres de la zona iban a atenderse.

Quedaba a unos quince minutos.

Ese día, cada minuto pesaba como una hora.

—Llame a su esposo —dijo Manuel—. Dígale que vamos para allá.

Ella intentó marcar, pero la mano le temblaba.

—No puedo… me duele mucho.

—Deme el teléfono. Dígame cómo se llama.

—Andrés.

Manuel tomó el celular solo un instante, marcó el último número y puso el altavoz.

—¿Laura? —contestó un hombre, alarmado.

—Señor, soy el taxista que trae a su esposa. No se asuste. Vamos camino al hospital. Parece que empezó el parto.

—¿Qué? ¿Cómo que empezó? ¿Dónde están?

—A diez o quince minutos. Ella está consciente. Llegaremos pronto.

—Por favor, no la deje sola.

Manuel miró por el espejo.

Laura tenía los ojos cerrados y respiraba con dificultad.

—No la voy a dejar sola.

El hombre tragó saliva al otro lado de la línea.

—Voy para allá. Dígale que la amo.

—La escuchó, señor.

Laura abrió un poco los ojos.

—Yo también —susurró.

Manuel dejó el teléfono junto a ella y siguió manejando.

Las calles no estaban llenas, gracias a Dios.

Pero aun así había semáforos, topes, cruces, gente caminando sin mirar.

Manuel sentía que tenía que partirse en dos: uno para conducir y otro para cuidar a la mujer.

—Respire conmigo, señora. Inhale… exhale… eso.

—No me diga señora —murmuró ella, entre dolor y nervios—. Me llamo Laura.

—Está bien, Laura. Ya casi llegamos.

—Tengo miedo.

—Lo sé. Pero lo está haciendo muy bien.

—No quiero que le pase nada a mi niña.

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